martes, 31 de agosto de 2010
Proyecto en curso. Trama 3. Capítulo X. Escena X. Borrador 1
martes, 30 de junio de 2009
El ocaso
Aún no tiene cuatro meses y ya ríe a carcajadas. No sabes si es pronto para comunicarse de ese modo o por el contrario ha resultado tardía, pues desconoces la escala de las alegrías infantiles. A ti te parece una risa temprana, tal vez demasiado escandalosa para un cuerpo tan pequeño. Comienza alzando la barbilla y abriendo mucho la boca; te muestra, franca, las encías, al tiempo que arruga la naricita y achina un poco los ojos, como dejando sitio para que salga esa especie de tos ronca y divertida. Esperas observando su sueño tranquilo, sus manoteos nerviosos, algún tierno balbuceo, incluso el leve mohín que precede su llanto; esperas con devoción esa risa luminosa que te arregla el día. Lo que nunca espera un padre es sostener a su hija muerta entre sus brazos, aunque la muerte sea disfraz de un minuto y después se retire burlona. Ese minuto fatal se inicia con el grito de la madre desde la sala contigua. Ella ya lo ha vivido, aterrada la ha agitado, le ha soplado en la cara, ha hurgado en la pequeña boca de risa ausente. «La niña, la niña, por Dios, le pasa algo a la niña». Corres hasta ellas y arrancas a tu hija de las manos tensas de su madre. Parece un trapo, flácida, ausente. No puedes pensar, solo actúas; rápido, prueba y error. La sostienes bocabajo y zarandeas el cuerpecito de muñeca rota. «Mi hija, mi hija, se muere mi hija». Rápido; la volteas con brusquedad y te lanzas al sofá; se fija en tu retina su mirada azul perdida, desenfocada, su pecho inmóvil, un instante tan solo para mirarla; rápido. Rodeas con tus labios su nariz y su boca e insuflas, quizá demasiado fuerte. Sus pulmones se hinchan como un globo, media cara se pierde entre tus dientes. Que te como mi niña, que te como; quieres pensar que es un juego. Soplas de nuevo. Vuelve, vuelve cariño. A la tercera regresa el aire a tu boca con una tos ahogada, exhausta. «Gracias Dios mío, gracias, que la he visto muerta, que estaba muerta mi niña, Dios mío». Y esa tos pequeña torna a respiración pausada, no me asustes más hija mía, torna a risa luminosa. Entonces es cuando te aflojas, tras ese eterno minuto que trajo canas a vuestros cabellos, y maldices a Dios, descreído. Maldito por no ofrecerte siquiera un canje, por no fulminarte a cambio de aire para tu bebé. Entonces escuchas el tímido agó, despreocupado, conque se abre paso la vida y abrazas a la madre, llorosa, pensando que ya no es de vosotros de quien se trata.
lunes, 4 de mayo de 2009
Nunca, jamás
Eddi Vansi, escritor fracasado, noctámbulo, alcohólico y dotado de la lucidez de los genios vencidos muere el mismo día. Puedo verlo, Tanqueray en mano, tras la barra de su antro madrileño escuchando las penas de su jefe que se arruina, de Susana la Bohemia que esquiva la vejez arreglando el mundo mientras el orujo se desliza por su gaznate, hablando de Clara o de su exmujer, bajando la persiana para emborracharse a solas o para follarse a alguna de sus fanáticas seguidoras, que tras leer su blog (su vida, sus pensamientos) Fracasar no es fácil no pueden evitar buscarle para entregarse a ese maldito y malhablado genio que decide conservarse en ginebra en lugar de ganar el premio Planeta, o el Nóbel, qué carajo.
No recuerdo cuando comencé a frecuentarlo, pero sí que me ganó como lector apasionado desde que por casualidad leí uno de sus párrafos. Cuando en 2007 le dieron el premio 20Blogs al mejor blog literario (creo recordar) me hice fijo. Llenó su copa, dio una palmada en la mesa y soltó una carcajada pensando en lo pretenciosos que resultan los premios, dijo quién debía haber ganado y se limpió el culo con la encuesta de autobombo que solo publicaron a los demás ganadores, la suya se perdió tras accionar la cisterna, porque Eddi escribía para descargarse las tripas.
Estuvo un año desaparecido; depresión, imaginé, y hace poco volvió. En su última entrada descubro que Eddi tenía dos mitades: una es una chica que publica en solitario el blog La punta del tacón y la otra se llamaba David y ha muerto, lo que para Eddi debe ser como haberse quedado en coma, mudo y con algo de vida.
Me entero ahí, en esa última entrada ‘epitafio’ escrita esta vez por la mitad de Eddi, que este David mantenía otro blog que paradójicamente llamó El escondite y en el que el veintiséis de abril publicó su última entrada: “De vez en cuando”, la tituló. Permitidme que no lo enlace, me parece mal hacerlo, pues el blog ya está muerto (el de Eddi también), pero copio el comienzo:
«Sería bueno que, de vez en cuando, no sé, cada cierto tiempo, un dios, no sé, su mano, nos volteara.
Sería bueno que nos metiera en un cubilete de dados y nos sacudiera febrilmente, y nos dejara caer renacidos y revueltos en el tablero...»
Curioso ¿verdad?, escribe eso y se muere, dejando esas palabras suspendidas en su ‘escondite’, y cerrando de paso y para siempre el tugurio de Eddi Vansi. Este David, segundo muerto del día, nunca dejó pistas de ser la mitad de Eddi (imposible sospechar que no era real, menos aún que lo escribiesen dos personas: un hombre y una mujer a los que solo unía la pasión por la escritura; ella incluso intentaba seducir a Eddi desde los comentarios), pero en este segundo blog que firmaba como DMD (¿David Muñoz Dueñas?) descubre que también vivía en Madrid, que tenía un trabajo (¿comercial? no vivía de sus escritos), y que tenía una hija de ocho años a la que adoraba: Sofía. No es solo eso, son sus palabras, el estilo tan distinto pero tan poco distante, su ideología. Creo firmemente que la misma persona escribía la columna que leía en prensa y el blog que devoraba con pasión, y este convencimiento me ha inundado de sentimientos que necesito compartir, y lo hago por escrito.
Me habría gustado ser Eddi Vansi porque en su derrota estaba la mejor de las victorias: Fracasar no es fácil. Toda una vida de entrenamiento. Yo quería ser Eddi Vansi, en el fondo quería ser un personaje, nunca deseé escribir como el autor, deseaba escribir como Eddi. Con su talento yo me comía el mundo, pensaba, y era un espejismo. Con ese talento David tenía que picar puertas para vender enciclopedias, o visitar talleres para vender recambios o enviar mailing desde una oficina, qué se yo. Luego en casa, quizá con menos tiempo del que yo presumo, servía una copa a Eddi y le creaba una vida tan real y tan jodida que me dejaba exhausto.
Me deja tocado esta historia. ¿Recordáis como nuestro Garrancho de "El Valle" coleccionaba cadáveres? Miraba la muerte a la cara, fijando la imagen de cada muerto en su archivo mental; eran los cromos de un adolescente suburbial, sin esperanza. Me parecía una colección brutal. Hoy me di cuenta de que ese horror se repite por los siglos, cambiando tan solo de piel. Los actuales adolescentes tecnológicos no encuentran jeringuillas en los parques, no oyen muertes a puñal, no son perseguidos por ladrones; ahora el chantaje es virtual, reciben la droga en paquete postal y la visión de la muerte está a un clic.
Si, ahora se pueden coleccionar blogs de muertos: una carpeta en Favoritos: “Muertos”, donde enlazar aquellos que quedaron en suspenso. Garrancho sería capaz de buscar para matar a un buen bloguero después de una entrada ‘conveniente’ (tristemente la de David lo era) para ganar un nuevo enlace. Así me parece aún más sicópata nuestro personaje, que curiosamente, como a Eddi, creamos a cuatro manos. Porque el blog de un muerto en el que no está activa la moderación de comentarios se convierte en un libro de visitas para la tumba del autor, en el libro de los muertos de nuestra era, tan desconcertante como el que mostraba Amenábar en "Los Otros".
En el blog de Eddi los comentarios son tristes, pero tienen nivel, como si no quisieran desmejorarle el blog al personaje, que por otro lado ya se sabe que está muerto; su libro de visitas es una celebración de su talento, una muestra de agradecimiento, un hasta luego, hermano.
En El Escondite de DMD los comentarios son mucho más escalofriantes. Esa entrada premonitoria sigue con alguna felicitación por su calidad, luego algún amigo se despide. Comienzan las dudas, hasta que alguien confirma su muerte, informando incluso de la sala del tanatorio donde se le vela. Hay de todo, incluso varios comentarios de quien parece su último rollo: una chica que conoció una semana antes de morir y que ante la visión de la desgracia necesita autoplocamarse la persona más importante en la vida de DMD y comienza a enviarle mensajes con poemas y canciones, hasta que tienen que callarla. El escondite de David termina convertido en el libro de su muerte, un libro con más contenido y más sobrecogedor que el de Eddi, pues en él se despide a la persona, no al personaje.
A David Muñoz Dueñas, colaborador de Diario Jaén, lo liquidan en su periódico con una necrológica de un tercio de columna lateral en una de las páginas finales, en el hueco más barato, seguramente. Ha muerto. Descanse en paz.
En fin, maneras de morir.
Un día hablamos de la trascendencia de las palabras, de lo peligroso que era ponerse por escrito con la inmediatez de un blog, de lo fácil que es buscar dobles intenciones, malinterpretar una broma, olvidarse de cuándo habla el personaje y cuándo la persona. Hoy me alegro de ser aquí solo Volti; Volti prepotente, borde, absurdo o divertido, pero Volti y no yo.
Porque no he podido evitar ponerme en el lugar de Sofía, imaginarme dentro de ocho o diez años, con la resolución de la adolescencia, queriendo saber de mi padre, ordenando las piezas. Encontraría su faceta profesional, de comercial solvente, el pluriempleo en periódicos locales como comentarista político y de opinión, en Diario Jaén, antes en Ideal. Quizá tendría alguno de sus escritos, conocería su pasión literaria, su genialidad creadora; y buscando tal vez encontrara que una vez formó parte de Eddi Vansi, y me enorgullecería de llevar su sangre.
Pero nunca, jamás, hubiera querido encontrar su escondite. Porque no hubiera podido perdonar a mamá el dejarme verlo cada quince días tan solo. Porque nunca, jamás, habría conseguido sacar de mi cabeza esos gritos pregonando su amor por mi, que, en forma de entradas, colgaba en su blog cuando no soportaba mi ausencia. Porque nunca, jamás, debería una hija recobrar a un padre casi olvidado mediante palabras recién salidas de sus dedos, mientras, sin saberlo, el aliento de la muerte empañaba su pantalla. Porque todos tenemos un escondite que nadie debería destrozar a patadas, y porque hay cantos que, aunque lo parezcan, no entonamos para siempre:
«Sería bueno que, de vez en cuando, no sé, cada cierto tiempo, un dios, no sé, su mano, nos volteara.
Sería bueno que nos metiera en un cubilete de dados y nos sacudiera febrilmente, y nos dejara caer renacidos y revueltos en el tablero...»
D.E.P.
martes, 21 de abril de 2009
Cien palabras
lunes, 16 de junio de 2008
Nueva aventura de los Titis
Ayer a las once de la noche Volti y su señora llegaron a casa reventados después de dos noches casi sin dormir y cuatrocientos cincuenta kilómetros del tirón. Ella entra al dormitorio, se desnuda y se mete en la ducha. Yo cruzo a casa de mis padres a dar un beso a mi sobrino. Vuelvo y la encuentro bajando las escaleras:
—Voy a la ducha, cariño —y subo a desvestirme. Me dirijo al dormitorio, bajo el pomo y la puerta no se abre:
—¡Tata! ¿tú has entrado al dormitorio?
—Sí, antes de ducharme.
—Pues la puerta está cerrada por dentro.
—¡No me digas eso! ¿A ver si había alguien cuando hemos llegado?
—¡No jodas! —exclamo asustado.
Salimos fuera y empezamos a inspeccionar. Todo parece correcto, ninguna puerta forzada, ningún cristal roto, pero empezamos a dudar:
—¿Tú cerraste la ventana del baño de abajo?
—No me acuerdo, pero está cerrada.
—¿Y si estaba abierta, han entrado y la han cerrado después?
—¡Joder, qué retorcido!
—¿Pusiste la alarma?
—No, seguro que no ¿no recuerdas la vez que nos tuvieron que llamar a las dos de la mañana porque no paraba de sonar y luego no era nada? Además no la hemos quitado al entrar, luego no estaba puesta.
—¡Ay, que hay alguien arriba!
—Seguro que cuando has entrado al dormitorio se ha escondido en el vestidor y al salirte se ha encerrado porque me ha oido abajo.
Nos miramos viendo que es posible:
—¡Pues yo subo!
—¿Estás loco? ¡llama a la policía!
Subo y empiezo a pelearme con la puerta, con más miedo que convicción.
—¡Baja, por favor!
Y bajo sin que tenga que insistirme.
—Mira, llamo a mi padre y mi hermano y entramos los tres.
—Vale.
Les explico el caso a voces y ahí tenéis a la familia de Volti en plan Equipo A, dispuestos a enfrentarse con el intruso.
—¡Anda ya! —dice mi padre— Será que se ha bloqueado el pestillo.
—¿Solo?
—A veces pasa.
Le enseño la condena de la puerta del baño, que es igual a la del dormitorio:
—Mira está separada del pomo, hay que darle media vuelta y entra un resbalón de dos centímetros de largo y el mismo grosor.
—¡Jooooder! —exclama ahora asustado.
Pienso en armarlos con palos o cuchillos, pero me parece que el pánico no ayudaría en esa situación, así que empiezo a golpear la puerta intentando que ceda. No cede. Enciendo la luz interior, pues disponemos de un interruptor fuera, y miro por debajo. No se ven sombras, aunque a mí me da la impresión de que cuando empujo alguien responde desde dentro con el mismo movimiento. No digo nada. Tata nos observa, desde el descanso de la escalera:
—¿Has apagado la luz? —me pregunta.
—No.
Me agacho de nuevo y veo que efectivamente la luz está apagada:
—¡Coñooo! -exclamo- ¡Han apagado desde dentro!
Con un acto reflejo nos despegamos de la puerta:
—¡Llama a la policía! —dice mi padre— Aunque seguro que no pasa nada —añade queriendo aparentar tranquilidad, pero el exagerado volumen de su primera frase lo contradice.
—¿Y si no pasa nada por qué gritas, teniéndonos tan cerca? Lo haces para que te oigan desde dentro ¿Y sin no pasa nada por qué tengo que llamar a la policía?
—Para que os quedéis tranquilos. Se habrá fundido la luz y punto.
—Papá, el interruptor enciende DOS apliques ¿los DOS se han fundido a la vez?
No hace falta decir más, salimos corriendo y cerramos la casa.
—¿Policía, dígame?
Les explico el caso, y al decir que creemos que hay alguien dentro un voz joven me responde:
—Huy, huy, huy, mejor llama a la Guardia Civil.
—¡No me jodas! —respondo nervioso— Ahora vais a marearme ¡que hay alguien dentro!
—Es que el Puente Tablas corresponde a la Guardia Civil. Lo siento, llame (ahora me trata de usted) al 062, suerte, pi, pi, pi —me cuelga.
—¿Guardia Civil, dígame?
Vuelvo a explicar, y al llegar al final añado:
—Y no me diga que llame a la Policía que ellos me han dicho que les llame a ustedes.
—No se preocupe, enviamos una patrulla, que ustedes nos pagan para que les sirvamos, y si no es nada pues mejor, se dan un paseo y todos tan contentos.
Mi padre y mi hermano se van:
—Seguro que tardan una hora.
Yo entro a por tabaco —Ten cuidado —me dice Tata. Cojo el paquete y ahora que nadie me ve deslizo un martillo al bolsillo. Vuelvo a cerrar y el Equipo A viene de vuelta (seguro que mi madre les echó buena bronca). Observo que mi hermano cambió las chanclas por deportivas. Por si hay que correr, pienso.
—Buenas noches —saludan desde el coche patrulla, no han tardado más de cinco minutos —¿Ya está todo solucionado? —pregunta el copiloto, un cincuentón atlético llamado Mario (por cierto han entrado a la calle por dirección prohibida, con urgencia pero sin ruido).
—Verá, es que no sabemos si realmente pasa algo, pero preferimos comprobarlo con ustedes, por si acaso —y vuelvo a explicarlo todo.
—Vamos a ver —se baja del coche y lo acompaña un treintañero gordete- ¿dónde está la habitación?
—Arriba.
—Subamos ¿tiene un clip?
Coño, este tío es Macgiver, pienso —Pues no, pero creo que le serviría de poco. El compañero se queda abajo, por si el hipotético ladrón decide saltar por la ventana. Tata me dice bajito:
—Yo no los veo preparados.
Mario hace un reconocimiento de la planta de arriba, y cuando le enseño la condena del baño y le digo que es igual a la del dormitorio, reacciona como mi padre:
—¡Jooooder! ¡Está dentro!
Baja y volvemos a cerrar la casa:
—Una escalera —solicita.
Sube a la ventana con su linterna, pero las cortinas no le dejan ver nada. Baja y me pregunta:
—¿Qué prefieres que rompamos la puerta o la ventana?
—La puerta, yo no duermo con la ventana rota.
—Vamos a hacer más daño, te lo advierto.
—Podemos llamar a los bomberos —dice el gordete— ellos tienen cerrajeros, pero te cobran el traslado. Llama al seguro a ver si lo cubre.
Llamo. Lo cubre si hay alguien dentro, si no pues va a ser que no. Yo ya estoy harto, así que les digo:
—Son las doce de la noche y estoy reventado, rompemos lo que haga falta, pero yo no llamo a nadie más.
—La ventana es mejor —dice Mario.
—Está muy alta —respondo— ¿y si te empujan?
—Pues nos liamos a palos —responde.
—Que no, por la puerta —decido convencido.
—Habla con ellos a ver si se entregan —interviene el gordete, usando el plural para mayor desazón.
Acompaño arriba al cincuentón atlético, mientras su compañero hace guardia en el jardín junto a mi familia.
—¡Le habla la Guardia Civil! ¡Salga ahora mismo! —exclama golpeando con fuerza la puerta— Si lo hace no le pasará nada.
Para, acerca la oreja a la puerta, y reanuda los golpes y la cantinela.
—¡Entréguese! —grita ya más nervioso.
—Vamos a echarla abajo —le digo exasperado.
El agente golpea con fuerza, pero cortándose, intentando no hacer mucho destrozo, así que lo aparto y me lío a patadas con la puerta, ya sin miramientos. No cede.
—Se mueve la pared entera —me dice.
—Es que es un tabique de pladur —le aclaro.
—Pues vas a tirarlo entero, ¡me cago en todo lo que se menea! Tráeme un destornillador.
Y ahí es donde el agente Mario, cincuentón y atlético, sacó al Macgiver que llevaba dentro. El tío desmonta la cerradura, gira, aprieta, empuja, retuerce, con una facilidad asombrosa, que pienso yo que con el clip hubiera podido, y sin un solo resuello, que le faltaba gritar: ¡Te vas a cagar quinqui de mierda! Y cede, la puerta cede con un triste 'clic' y yo esperando que saque la pistola y espose al malo. Pero no, don Mario (ahora de usted) entra tranquilo, como el gran Chuck Norris, dispuesto a enfrentarse al enemigo a puño desnudo, y...
Nada, nadie más bien. El pomo se había partido, pero el muelle funcionaba, de manera que aunque lo girases el resbalón quedaba dentro. Pero no creáis que se molestaron, al contrario, yo muerto de verguenza, y ellos: "habéis hecho muy bien, con estas cosas no hay que arriesgarse, estamos para servirles, para eso nos pagáis el sueldo, cualquier problemilla por pequeño que sea usáis el 062,..." Y encima los tíos empeñados en montar de nuevo el picaporte, en guardar la escalera,..., que creo yo que si llegan a llevar las botas embarradas encima nos friegan la casa.
Total que vivan las casualidades y los miedos que nos dan para una historia, y un ¡viva la guardia civil! que nunca pensé que pronunciaría, pero no va a ser todo despotricar porque nos ponen el globo. Cuando tienes miedo y llegan dos agentes 'poco preparados' en menos de cinco minutos y te resuelven la papeleta sin gastos ni destrozos hay que ser agradecido. Así que nos dormimos a las dos de la mañana, tranquilos, un poco avergonzados, y muertos de risa. Una lástima que mañana cuando me cruce con una patrulla vuelvan a darme el mismo mal rollo.
lunes, 12 de mayo de 2008
A cada cerdo...
—Se me ha puesto más tiesa que la bufanda de Facundo —atinó a decir al verlas aparecer sobre la cuesta empedrada. Un gran alboroto recorrió el bar del Diablo, desde el ventanal en que se encontraba hasta la chimenea del fondo. Sonoras carcajadas y alguna tos convulsa, de mosto atravesado en el gaznate, acompañaron a varios hombres a su lado. —Benditos sudores de noviembre —dijo el Bobas con esa mirada suya turbia y venosa taladrando el cristal que comenzaba a empañarse levemente por efecto de sus alientos a vino joven, recién pisado. El grupo de mujeres entró en el Paseo, llevaban las faldas remangadas y algunas habían desabotonado sus blusas hasta el punto exacto en el que podía adivinarse el nacimiento de sus senos. Al pasar frente a ellos bajaron, coquetas, la mirada, ocultando al mismo tiempo sus escotes con manos trabajadoras. —¡Borrega! —gritó Frascuelo al tiempo que abría la puerta—, ¡Hasta los andares te comía! —añadió sin importarle que su hermana formara parte del grupo. Una bocanada de aire helado hizo temblar la lumbre, y cada cual volvió a su vaso como si no hubiera visto los sabañones o las narices enrojecidas y moqueantes.
—Ésta ya no apaña más castañas —le había dicho Rosario un día como hoy, hace un año. Poco después hizo las maletas. En realidad ya solo la extraña en momentos así, cuando ve una buena hembra. Para aliviarse tiene el Cayoco, aunque allí solo hay extranjeras famélicas que saben a potingue. Rosario olía a campo y le dejaba un regusto salado, de potranca brava y sudorosa. No quiere darle más vueltas, ella no regresará para la matanza y el guarro pesa ya veinte arrobas, así que tendrá que avisar a Facundo. Si no lo hubiera capado para el engorde lo dejaba de verraco. Le hace compañía y limpiar la cochiquera ocupa algunas horas de domingo y se ahorra varios mostos. Pero no, ya ha comprometido los jamones para el dueño de las papas, y lo que sobre se lo ha apalabrado al Diablo, que total es mucho guarro para él solo. Si las castañas no estuvieran a dos duros se desdecía, pero le hace falta vender, por mucho que el guarro lo mire y parezca que le entiende.
—Si escucha lo de la bufanda te saca las tripas —comentó alguien, rompiendo su ensimismamiento.
—Aquí hay un hombre, esperando —respondió desafiante.
El día en que faltó su padre Facundo movió la linde, dejando en su finca lo mejor del castañar, los árboles más grandes, pegados al arroyo. Después de darle tierra y rezar un padrenuestro Jacinto subió a devolver cada mojón a su lugar, decidido a proteger sus propiedades, a pesar de que el dolor y la juventud le atenazaban. Facundo se presentó con el alcalde y un Civil pagado del destacamento de Aracena. —Jacintín, Jacintín —le dijo— ya estás poniendo eso en su sitio. Y le metió dos hostias. Quince años después aún le llama Jacintín, y Cebón, por sus kilos, cuando no está delante. Jacinto remete instintivamente los bajos de su camisa y prende un cigarrillo —Otro mosto, Diablo —exige mientras observa sus uñas renegridas por el trabajo de la mañana.
Facundo se ajusta bien la bufanda antes de abrir. Nunca sale sin ella y solo la cambia, en verano, por un ajado pañuelo. Ha pinchado en la yugular a tantos marranos que necesita protegerse el cuello. Es su única secuela. Para dormir lo descubre, pero como no soporta su desnudez lo envuelve con una mano, como si estuviera a punto de estrangularse. Quiere dejarlo todo organizado, ya es San Martín, así que quita la tranca y sale. El viento frío le corta la cara, pero no sube la bufanda, tiene el rostro endurecido por seis mil jornadas de intemperie. Busca la acera soleada y acompañado de un tintineo metálico en la talega dirige sus pasos hacia el bar del Diablo.
—A la paz de Dios —saluda— ¿Quién va a ser el primero? —pregunta mostrando el gancho y los cuchillos recién afilados.
—Éste —se adelanta decidido Jacinto.
—¡Hombre, Jacintín! ¿Qué ha pasado para que todo un hombre necesite este año matarife? —pregunta Facundo— ¡Ah! Que se te fue la Rosario, no me acordaba ¿No quieres que se te cuaje la morcilla, no? —añade con sorna.
—Para, que me caliento —responde Jacinto acariciando la navaja de su bolsillo— ¿Piensas venir?
—Mañana a las siete, y a ti te cuesta el doble. Lo tomas o lo dejas.
Jacinto aprieta los puños para que no se note el temblor de sus manos y mira al tabernero buscando su aprobación. Diablo asiente, mostrando su intención de pagar bien la chacina sobrante.
—Lo tomo —responde.
Desde la puerta alcanza a escuchar cómo Facundo organiza los turnos:
—Vale, mañana a casa del Capón a matar a un guarro cebón —le oye decir—, ¡Ah, no, que es al contrario! —añade divertido— que no quiero yo decir que se le fuera la mujer por falta de hombre ¿A quién apunto para pasado mañana?
No alcanza a escuchar la respuesta, sólo las carcajadas que siguen resonando en sus oídos cuando entra en la pocilga. Pensaba retirar los purines y reservar el estiércol para las papas, pero se le acabaron las ganas. Se sienta sobre la mierda y enciende otro cigarrillo, chupando antes la punta para darle humedad, sin tomar la precaución de sacudirse primero las manos.
—Mañana al infierno —le dice al guarro, que se tumba a su lado como un perro faldero.
La noche comienza a filtrarse entre los tablones mientras Jacinto, absorto y con la mano en la entrepierna, rememora cada noche junto a Rosario. Quizá unos minutos exhaustos cada diez días, sexo deslavazado, veloz, enfrentando la propia desesperación a la ajena desidia. Revive su marcha mientras aprieta inconscientemente sus testículos y recuerda el corte preciso, casi indoloro, por el que extrajo los del marrano cuando aún era lechón. El frío le atenaza, pero la cadencia del ronquido animal del condenado le sume en un sopor invencible.
El canto de un gallo vecino desvela a Jacinto un amanecer brumoso. El cuerpo húmedo y dolorido reacciona al contacto del agua del abrevadero. Mientras retira los restos de excrementos adheridos a la piel se palpa buscando una tara, algún miembro del cuerpo mordido por el marrano. De niño oyó contar cómo al patrón de su abuelo lo habían devorado los cerdos tras dormirse borracho en la pocilga. No encuentra nada, sorprendido de su docilidad le rasca la carrillera y sale a buscar la botella de anís. Antes de que llegue el matarife ya la ha mediado.
Facundo entra bravo, ensuciando el piso con sus botas embarradas. No tienen nada que decirse, así que terminan la botella en silencio, observándose con recelo. Aún no ha abierto el día cuando se levanta y le dice:
—A ver ese guarro.
Entran en la cochiquera y el marrano se acerca confiado a Jacinto.
—Bien cebado, como el amo —dice desafiante y patea al animal en el morro por el gusto de vislumbrar cuán fuerte será capaz de gruñir cuando le aplique el gancho a la papada.
— ¡Prepara de una puta vez! —exclama furioso Jacinto.
El matarife le da la espalda y lentamente coloca sobre la mesa el gancho y los cuchillos. Se ajusta la bufanda, confiado, mientras valora si todo está en su lugar: herramienta, balde, soplete, picadora,…
Jacinto también ha matado decenas de veces, sabe cómo debe proceder. Ha calculado la distancia y pensado cada movimiento para ser eficaz, con objeto de agarrarlo a la primera y evitar la lucha. Con un giro de muñeca clava el gancho y tira. No chilla mucho, debe haber pinchado bajo, sólo un gruñido sordo, ahogado. Ante la falta de ayuda lo hace caer sin subirlo a la mesa. Con el brazo libre arrastra el balde a su lado, lo pone bajo el cuello y alcanza el cuchillo. Antes de apuntar a la yugular observa sus ojos rendidos, el inútil pataleo, el silencioso reproche de a quien la muerte cogió desprevenido. Apuñala certero y mientras, el puño en el balde, remueve la sangre que cae para evitar que cuaje, observa al guarro hocicando satisfecho sobre la bufanda ensangrentada de Facundo. Ambos se miran estremecidos, pensando, tal vez, que va a ser poca morcilla para veinte arrobas de marrano.
martes, 8 de abril de 2008
El cochecito leré
Martín era un tipo, de esos de nariz afilada y sonrisa permanente, que hacía temblar a sus amigos con sólo mencionar que pensaba estrenar coche.
Quizá nunca había utilizado el mismo más de dos años, debido al placer que le producía enseñar su última compra, —y porque me sobra el dinero, qué cojones— había dicho en numerosas ocasiones, como si tener pasta y ganas de exhibirla fuera una razón de mayor peso que el disfrutar de la conducción más que de cualquier otra cosa en el mundo.
No se conformaba con decir —a que es vacilón—, —va de narices—, o, —consume poquísimo, es un mechero—; sentía la necesidad de enseñar hasta el último detalle, de explicar la utilidad de hasta el más extraviado botoncito, llegaba a aprenderse de memoria la ficha técnica y le sacaba de quicio que su amigo de turno no comprendiese el significado de absurdas siglas como ESP o HDC, o que no conociese cualquier otro modelo de la misma gama con el que pretendía compararlo, en prestaciones, consumo, seguridad,… como si fuese una revista de automóviles el muy cabrón.
Además se empeñaba en probarlo, como si pensara que nadie sería capaz de admirar su compra sin ver el velocímetro con la aguja pegada al doscientos. Así que cada cierto tiempo, cumpliendo con su rutina, entraba con un nuevo acompañante en la autopista y pisaba a fondo el acelerador mientras explicaba el número y situación de los airbag —el muy cenizo. Y el acompañante ocasional siempre igual, con los nudillos blancos por la fuerza con que se agarraba al asiento, como si eso pudiera salvarle en el hipotético caso de que a Martín se le pasara por la cabeza probar en ese momento la seguridad del coche chocando frontalmente a doscientos kilómetros por hora; y sobre todo deseando que terminara la demostración y que se arruinara de una vez para no tener que vivir el mismo suplicio cada año y pico.
Martín llamaba a sus amigos y propiciaba encuentros con las excusas más nimias, con el único objetivo de cumplir con la tradicional demostración del coche nuevo. Cada noche iba tachando mentalmente de su lista a los que ya habían sufrido la charla y la prueba de rigor, y descolgaba nuevamente el teléfono para hablar con cualquiera de los que quedaban pendientes —cuánto tiempo sin vernos, ¿una cervecita y nos ponemos al día?—.
Cuando más disfrutaba era al acabar con la lista de amigos, entonces empezaba con la de conocidos, que entraban más fácilmente en el juego y demostraban mayor entusiasmo, con esa carita de envidia, los pobres.
Enrique pertenecía a esa segunda lista. Hacía mucho tiempo que no se veían, y Martín estaba seguro de que había aceptado su invitación a tomar unas tapas por el mero hecho de no tener que inventar una excusa —era tan apocado. No comprendía cómo hubo un tiempo en que llegó a relacionarse habitualmente con él. Le ponía enfermo charlar con alguien que nunca tenía nada que contar, que era incapaz de decidir lo que quería hacer y que se sonrojaba hasta al pedir la cuenta en una cafetería. Su mujer era diferente, demasiada mujer para Enrique, hermosa, alegre, desenvuelta. Había vivido mucho, incluso había perdido la primera falange del segundo dedo del pie derecho en uno de sus viajes, lo que para Martín le concedía un erotismo muy especial, porque la perdió en la boca de una piraña mientras nadaba en el Amazonas, lo que para él constituía la única forma digna de perder una falange, bueno quizás junto a perderla escalando en el Himalaya, eso sí, sólo en el Himalaya. Mercedes era para él una promesa de aventura, de vida loca, y no podía concebir que compartiera su vida con un tío como Enrique. Así que para él era importante enseñarle su nuevo coche, porque era una forma de decirle ‘aquí estoy yo’, de dejar claro que le gustaba el riesgo, la velocidad, y que un mierda como Enrique nunca podría ser un hombre como él, por mucha mujer que tuviera; —voy a acojonarte, vas a ver lo que es correr—, seguro que pensó.
Enrique, con su permanente cara de atolondrado, tocaba todos los botones con sus pulgares mientras mantenía firmemente sujeto el volante —parece una nave espacial—, decía mientras escuchaba atentamente las explicaciones que Martín le ofrecía desde el exterior de su flamante coche. Martín empezó a modular la voz, haciéndola más grave, cuando llegaba a la parte más espectacular de su demostración. Metió la cabeza por la ventanilla abierta y tecleó en el navegador la dirección de Enrique, mientras decía —ahora esta maravilla nos va a llevar solito a tu casa—. Enrique, incómodo, fijó la vista al frente mientras Martín rodeaba el coche para sentarse junto a él. De improviso, con un rápido movimiento, subió las ventanillas y bloqueó el acceso al coche. Martín, afuera, sonreía con una expresión de sorpresa, como preguntándose — ¿qué hace este loco?—. Una cara de horror borró su sonrisa al ver a través del cristal cómo Enrique, con toda la parsimonia del mundo, se bajaba los pantalones. Se puso en cuclillas, acomodando su espalda en la parte superior del asiento, y apoyando sus rodillas sobre el volante, y sin ninguna prisa, como si estuviera en su casa, cagó abundantemente, una buena cagada con generosa meada incluida. Martín golpeaba el coche desencajado, viendo cómo, sonriente, se subía los pantalones y aprovechaba para salir corriendo por la puerta que le quedaba al otro lado. Mientras era perseguido entre gritos de — ¡hijoputa!, ¡envidioso!— Enrique pensó que nadie sabría nunca que no sólo le había molestado que Martín conociese su nueva dirección, lo que le enfadó de verdad fue adivinar sobre la luna delantera las huellas casi imperceptibles de dos hermosos pies, separados una erótica distancia frente al asiento del acompañante, y sobre todo que el segundo dedo del pie derecho no hubiese dejado su huella. Porque —qué demonios— él quería a Mercedes, y además siempre había sido envidioso.
lunes, 25 de febrero de 2008
Ella camina
Acude allí siempre que necesita reflexionar. Le parece un lugar amable. Camina en silencio, con su soledad como única compañía, y el paisaje le ayuda a contemplarse en la distancia, como si no fuera ella quien tiene el labio partido o el ojo morado, la que debe huir y no puede. Siempre pensó que aquel era un buen sitio, dotado de unas magníficas vistas de la ciudad desde unos jardines limpios, con fuentes tranquilas y estrechas acequias en las que el agua se remansa, salpicado de unas construcciones sencillas, geométricas, a las que la pátina del tiempo ha dotado de una atemporalidad que empequeñece su duelo. Por eso lo tomó como algo suyo, se siente su propietaria; si, ella posee ese lugar bello e inmutable, y eso le hace sentir más fuerte. Porque tiene dónde caerse muerta, a pesar de lo que diga Antonio. Hoy mismo podría caerse muerta y descansar en sus posesiones, entre cantos de jilgueros y parterres floridos.
Todo empezó hace ya seis años, cuando murió la niña, se sintió confortada paseando por aquellos senderos, y desde entonces acude a menudo y durante unas horas se agota entre los cipreses y luego puede descansar.
Antonio piensa que está loca, no que lo esté desde entonces, sino que lo estuvo siempre, él cree que aquello solo fue la chispa que encendió la llama de su locura, pero que ya existía, encubierta, latente como en todos los miembros de su familia y en sus amigas, que intentan enfrentarlos y hacen que solo consiga retenerla a palos, por el miedo, y eso que ella no es ningún regalo, que cualquier mujer sería feliz a su lado, y que van ya para seis años que no duermen juntos, que baje Dios y lo vea y diga si eso es un matrimonio.
Lo asume, él tuvo la culpa, se le escurrió como un pez y se la llevó una ola. Ella sólo pudo gritar ¡Ni se te ocurra! y en un segundo era ya tarde. Quizá el alcohol le hizo ignorar el peligro, la mar estaba picada y venía de fondo, sí, pero a él le pareció que podría ser divertido. Nadó, buceó desesperado, pero tuvo que ser Cruz Roja quien la encontrara. No han vuelto a ver el mar. Fue una imprudencia, o un desgraciado accidente, que mas da, a quién va a dolerle mas que a él, que perdió a su hija. Ella puede ir al cementerio siempre que quiera, puede decidir vivir como un alma en pena, pero él no está dispuesto a dejar que la culpa le ahogue, como debió haberse ahogado aquel día.
Ella pasea sin rumbo, abandonándose al deambular de su pensamiento, que dócilmente imitan sus pies. En ocasiones se detiene y curiosea alguna lápida, o recoje una flor y disfruta su aroma. A él no le gustan las flores, nunca la sorprendió, ni rosas, ni orquídeas, ni un sólo clavel para el vestido de gitana, ni de novios, cuando aún se querían. Una vez pensó en regalar flores a Antonio, pero sólo mencionarlo despertó su ira. Quizá lo vea como una sensiblería de ama de casa aburrida con ínfulas de mujer moderna y liberal , o peor aún, como una falta de respeto a su hombría. El caso es que en aquella casa que intuye a lo lejos nunca ha entrado una flor. Puede afirmar, sin temor a equivocarse, que las únicas que él compró en su vida fueron aquellas flores aciagas de una indigna corona «Anita García. De tus padres que no te olvidan». Como si fuera posible.
Antonio se siente bien, es difícil de explicar. Es joven aún y quiere vivir la vida. No puede soportar el luto constante, el estruendoso silencio, pues aun resultando contradictorio así le parece; tantas horas callados se convierten en un ruido insoportable que taladra su cabeza. Sus miradas perdidas le agreden. Procura no darle la espalda, pues esos ojos hueros en la cara ausente de la mujer a quien amó se le clavan en la nuca y entonces deja de ser él. Ese mudo y constante reproche le suelta la mano, jamás pensó que alguna vez pudiera amoratar aquellos hermosos ojos, ahora sin vida, y se arrepiente, y decide que no lo hará nunca mas, que él es un hombre tranquilo, que les une una pérdida dolorosa que debe ser un lazo firme pero delicado, como una cinta para el pelo de la niña, y no como una soga de ahorcado, rígida, áspera, dañina. Hasta que lo siente de nuevo, y entonces le parece entrever que ella sigue a su lado para poder recordarle por el resto de sus días que la mató, y que él la retiene, de alguna manera, para repartir la culpa, para aliviarse en su pena. Y se vuelve agresivo y todo empieza de nuevo.
Ella no se considera una mujer triste, allí incluso sonríe, piensa tan solo que ha sido desafortunada. Comprende que Antonio no acepte su necesidad física, casi innata, de pisar aquel lugar, de tocar la piedra fría y gastada, de escuchar el rumor del agua y algún llanto lejano que jamás ha interrumpido. No es por ver a Ana, ya no la visita, aunque nunca lo haya dicho para tener un buen pretexto. Sabe que es difícil de explicar, por eso lo evita, pero en el cementerio se siente en paz. Percibe mucho amor condensado entre sus tapias, es un sentimiento tangible que penetra por sus poros al acariciar un seto, que despierta su olfato con sutiles aromas, que le susurra al oído cantos aéreos, de aves invisibles que acompañan su caminar perdido. Le parece que la niña no está allí, que la ha dejado marcharse, que cada nicho sin flores es una cueva vacía, una criatura hambrienta como un hospiciano de posguerra. Antes no, antes iba porque necesitaba hacerle compañía, sentía la obligación de ocupar aquellos dos jarroncitos con flores frescas, de tener limpia la lápida. Hasta el día en que, sin saber porqué, se enjuició su carcelera. No fue un sentimiento trascendente, ni fruto de una reflexión buscada, fue como la revelación de algo obvio que no alcanzaba a vislumbrar su corazón cansado. Pensó que Anita seguía en aquella oquedad fría porque esperaba sus encuentros y en ese mismo momento decidió dejarla marchar. No ha vuelto a pasar por delante de su tumba, de su nicho vacío.
Hoy Antonio cumple años. Antes esperaba este día con ilusión, Ana le regalaba un dibujo y ella cocinaba aquella tarta cuyo sabor no recuerda, iban al parque, hacían el amor, se sentían inmensamente normales. Ahora no, nunca ha vuelto a tomar libre esta jornada. No quiere regalos, ni felicitaciones, la culpa se le encona mas este día. Como si de improviso se hiciera evidente que envejece sin ella; no es un día mas, es cargar otro año sobre su espalda molida de ausencia. Resulta extraño como determinadas fechas enturbian a las personas, las dotan de un significado ajeno fruto de alguna vivencia o recuerdo que transforma en desgraciado un día cualquiera. Para Antonio es hoy, doce de mayo, el día en que pierde la esperanza, la ilusión de un futuro mejor. No es el día en que murió Anita, ni el día en que hubiera cumplido un año mas, es hoy cuando se reprocha seguir vivo y que ella le falte. Como si cada año mas fuera un año robado, que no le pertenece, hurtado a su hija. Por eso estableció la rutina de su cumpleaños. Procura no hablar con nadie, come solo en la oficina y al terminar la jornada entra en un bar que le parezca triste y bebe las copas del derrotado. Volverá a casa de madrugada, llorando la borrachera, y mañana será otro día, se sentirá bien, aunque sea difícil de explicar, joven y con ganas de vivir la vida.
Ella se ha sentado en un banco tras dos horas de caminata, ha buscado un rincón apartado, umbrío, y ha dejado que su mente empiece a rememorar. El día en que dejó de visitarla abandonó todo su cariño allí. Descubrió que su amor hacia ella debía ser generoso, la dejó seguir su camino, y no consiguió llevarlo de vuelta a casa. Para ella todos los buenos sentimientos, todo el apego y la estima de miles de esposas, madres o hermanos han quedado en el cementerio, encerrados en una burbuja altruista, en una pompa de jabón que explotaría al traspasar su verja. Por eso no puede dejar de acudir, porque recupera los sentimientos perdidos, porque esa burbuja la envuelve y la embriaga, porque miles de corazones rotos la arropan y le regalan de nuevo la vida. Allí, sentada entre los despojos de tantos proyectos frustrados, y con su capacidad de amar intacta de nuevo, comienza a pensar en él. Hoy es su cumpleaños, volverá a casa bebido y ella se hará la dormida. Cuando le agarre la cara, desconsolado, y empiece a gritar ¡¿Por qué? ¿Por qué?! lo mirará con desprecio y será golpeada, con mas tedio que violencia. En ese banco piensa que sería bonito poder perdonarle, poder mirarle con cariño, abrazarle y arrullarle como a un niño, cantarle "duerme mi bien", velar su sueño acariciándole el pelo. Y que mañana fuera otro día, y volvieran a pasear juntos, cogidas las manos, porque él nunca fue un mal hombre, es solo un hombre vencido. Pero sabe que todo su amor quedará en la puerta del cementerio.
Él vuelve a casa caminando por calles dormidas, solitarias. Le envuelve el vaivén del alcohol y la derrota. Su cara, mojada por lágrimas que le parecen ajenas, ha envejecido de golpe, como si todos los cambios físicos que se suceden imperceptibles a lo largo de un año se hubiesen producido en un solo instante. Piensa en las horas que ella camina por el cementerio que los alejó, y en su propio caminar, etílico, por madrugadas que se suceden sin remedio. Acepta, a pesar de su embriaguez, que sus caminos les alejan mas cada día, que nunca desembocaran en el mismo sendero, y le apena, porque ella es una buena mujer que, a pesar de todo, sigue a su lado y cocina y plancha para su verdugo, aun con la cara rota y el alma descompuesta, quizá en respeto al amor que un día le tuvo. Entonces asume que debería dejarla marchar, que ambos merecen una oportunidad, aunque solo sea por no mancillar el recuerdo de aquello que una vez hicieron juntos, lo único bello y hermoso que les unió, por no deshonrar la memoria de Ana. Pero sabe que al llegar se encontrará con esos ojos acusadores que le llenarán de odio, y necesitará que ella siga ahí, para aliviar su culpa.
Frente a ella un nicho exhibe un ramo de flores frescas. Llama su atención, pues ella aprecia las flores vivas de los arriates, pero las prefiere marchitas ante las tumbas, así que se incorpora y se acerca a observarlo. Es un ramo primaveral, de colores cálidos, con astromelias, margaritas y gerberas. Le hubiese aliviado si se tratara de crisantemos, claveles o gladiolos, pues al menos denotaría cierta dignidad funeraria del carcelero. Observa la fecha «siete de enero de 1938 - doce de mayo de 2003». Es el aniversario de su muerte. Siente una punzada en el estómago al componer la situación acaecida quizá unos minutos antes. La viuda compungida, los hijos llorosos, tal vez varios nietos circunspectos portando las flores para el abuelo. Y él al otro lado, mudo en su cueva, intentando exprimir los minutos, desesperado en las sombras ante la certeza de su inminente soledad hasta el día de los santos. Lee el epitafio «Fernando Antúnez García (QEPD). "Fue un buen hombre"». Entonces sonríe. Acaba de decidir que ya es hora, que cinco años son demasiados para un agujero, así que acaricia la piedra y le habla. Vete Fernando, vete, olvida y sigue tu camino. Mientras repite esa frase como un mantra, acompasando las palabras como en un canto ancestral, liberatorio, vuelve a recordar a Antonio, vuelve a pensar en que hoy es su cumpleaños. Él fue bueno también. Así que toma el ramo y sale del cementerio.
Antonio hurga en la cerradura como si la llave hubiese engordado. Entra sudoroso, febril, y se dirige al cuarto de Ana. Lleva el pequeño ataúd blanco clavado en la mirada. Acaricia sus muñecos, sus dibujos, huele sus vestidos, que esperan eternamente colgados en el armario. Siente como le domina la rabia, el escalofrio por la espalda, los músculos en tensión y las orejas ardiendo. Piensa en su mujer, durmiendo en la habitación que fue de ambos, necesita enfrentarse a sus ojos vacíos. Abre la puerta de un empujón, pero solo encuentra una cama vacía. Sobre la cómoda un ramo de flores con una nota, en la que ella escribió, a modo de despedida «Descansa en Paz».
lunes, 28 de enero de 2008
Sol
…caras adormecidas, algún bostezo furtivo, maduras recién peinadas, una perilla con canas, un militar sin reemplazo, abrigos abotonados, un carterista drogata, varias calvas sin sombrero, ancianos con cefalea, algún maletín, muchos zapatos…
Recuerda perfectamente el primer día que la vio. Hacía una semana que trabajaba allí y aún no había sido capaz de asimilar los horarios de la gente. Momentos de una tranquilidad fría, expectante, suceden a otros de un bullicio abrumador, cientos de caras anónimas pasan frente a él en pocos minutos, dejando su prisa en el ambiente.
…un maricón fashion victim, algún gordo depresivo, estudiantes de bellas artes que llevan grandes carpetas, un valiente en camiseta, una diosa sin braguitas y dos enfermos acompañados: uno grandón con muletas y el otro recién operado; más morenas que rubias, bastantes apresurados…
Tiene que ser rápido si quiere vender algo. Barato. Lleva tres paga dos. Mejor que el Corte Inglés.
…vagones redecorados, un abogado en paro, un pedigüeño con botas, un saxo envalentonado, un bizcochito de nata, dos cocacolas mediadas…
Aquel día se planteó por vez primera lo ridículo de aquel nombre. Sol.
…relojes publicitarios, prensa del día, carritos de la limpieza, una bombilla fundida, pintadas en el retrete, chicles abandonados, Ópera, Tirso de Molina, enlace con otra línea…
Para un hombre del sur, de cielos azules, de horizontes amarillos y bocanadas de aire tibio, llamar así a un lugar como este es prostituir el concepto en si mismo. Decir trabajo en Sol significa también decir ha salido el sol con la boca sucia, es acabar con la luz, porque trabajar en Sol es como si te tragara la tierra, es abandonar cielos, horizontes y bocanadas de aire, para sumergirse en las luces apagadas de pasillos y escaleras, es cambiar la alegría del estar vivo por la tristeza del seguir viviendo.
Recuerda.
Ocho y media, fuera hacía rato que debía ser de noche; una sirena; frío, del que amorata los labios y transforma en artríticos aun los dedos más jóvenes; | el traqueteo cada vez más cercano; escaleras, soportando pisadas de una nueva avalancha; y de pronto ocurrió, unas piernas rezagadas. |
…moro, cabrón, éste no te lo pago, están quitando trabajo, pero mira que eres majo, benditas fronteras…
Sin darse cuenta comienza a buscar su cara entre cientos de caras, día tras día aguza su oído intentando descifrar qué pisadas le corresponden, se sorprende a si mismo inclinando ligeramente hacia atrás su cabeza y olfateando como un sabueso su rastro, ese perfume a jardín con estanque que ha desarrollado en él una memoria olfativa de la que se creía incapaz. Aprende sus horarios. Conoce sus vestidos. Lamenta sus tristezas. Celebra sus sonrisas.
Doce y media, sábado; sol allá arriba; hoy nadie corre; dulces pisadas, leve perfume; no trabaja la dama, quizá algunas compras. | Hoy es el día. El miedo le desencaja, sus piernas tiemblan; Agarra su brazo más fuerte de lo debido. El idioma le traiciona. |
…¡socorro!, deseo interrumpido, héroes subterráneos que golpean cortejando a la dama, dos gorras de policía, un animal furtivo, ella desconsolada rumiando su miedo con tila y tostada, varios burgueses lascivos de puños satisfechos y barrigas agradecidas, garrote y reclinatorio, primer mundo…
Polizón en galeras, fugitivo por galerías, amor extranjero.
lunes, 21 de enero de 2008
El valle (1)
El valle
Al zapatero que recauchutaba mis J’hayber lo mató Enriquito el Malo golpeando su cabeza contra la horma en que ajustaba las botas de piel de
El caso es que Bermúdez tenía razón, el cadáver de un suicida da más miedo. Cuando encontró a su hermano colgado en un olivo, junto a las vías del tren que pasan por la barriada que la fábrica de cervezas El Alcázar construyó para sus empleados, se meó encima.
—Que no, tío, que no fue de la impresión—decía, —que fue un ataque de pánico al ver sus ojos desorbitados, desafiantes—.
Le tiró un piedra, Bermúdez, pero sin acercarse.
Una vez espié asustado cómo se pinchaba, su hermano, a la hora de la siesta; habíamos saltado la valla del instituto Jabalcuz para jugar al fútbol, y a través de los pinos pude ver cómo, agachado tras la iglesia de Santa María, buscaba desesperado, vaya desgracia, engancharse al caballo teniendo las venas tan escondidas.
El zapatero no, definitivamente no me dio miedo, asco tal vez. Parecía bastante indefenso, en una actitud más entregada que provocadora. No es la muerte lo que acojona, que observador Bermúdez.
Años después, cuando recogí a mi padre reventado del suelo pude darle la razón. Se había tirado desde el quinto, era un amasijo sin vida que aún emanaba el arrojo del que decide su fin, el desprecio hacia el que observa sus restos, y eso, eso si que asusta. Sentí una punzada en la nuca, un escalofrío recorriendo la columna, una flojera de brazos y piernas y una descomposición que se impuso a mi estómago vacío e intestino descargado, pero porque era un suicida. Con el zapatero no me pasó, fue más bien una excitación, como cuando alguien te pita justo al abrirse un semáforo, o cuando tu equipo pierde la liga en el último minuto, te excitas, sí, te sube la adrenalina y te dan ganas de patearlos, de escupirles; yo podría haber meado en la cara de todos los cadáveres que vinieron después, menos en la de los suicidas, por dios, da grima pensarlo. Que inteligente Bermúdez.
Se alegraron en el barrio de que mi padre muriera. Era ferretero, y ser ferretero en El Valle equivalía a ser proveedor de destornilladores, mazos y navajas con los que se cometían todos los delitos en el barrio. Qué le vamos a hacer, si los delincuentes para sus cosas siempre han sido buenos pagadores. Total, al final traspasamos la ferretería, y al nuevo y moralista ferretero le pinchó un Monago y luego le metió fuego al local, que no ardió vivo de milagro. Después de aquello quiso mudarse al centro, pero como había quedado en la ruina tuvo que volverse al pueblo. No, no puedo recordar su nombre, pero sí que aquella vez no fue Enriquito el Malo. Fue otro Monago, no se cual, eran tantos, todos con el pelo largo, la cara sucia y los pantalones rotos.
Sí, cogí el dinero. Enriquito se puso tan nervioso con la sangre que olvidó la caja. Había unas seis mil pelas. Las J’hayber se quedaron allí.
—No mamá, no he podido recogerlas, es que han matado al zapatero—.
Y claro, mi madre nunca fue a por ellas, porque pensaba que había que intentar no encontrarse con la esposa de un asesinado:
—Ni de casualidad,
El resto de zapatillas de mi juventud se compraron los jueves en el mercadillo local. Sólo consigo acordarme de aquellas, flamantes aunque recauchutadas, y salpicadas de sangre en aquel viejo mostrador. Me las regaló Sara, la hija de
Mi padre nunca supo que mi madre limpiaba en su casa. No lo hubiera permitido, le hubiera hecho sentirse poco hombre. Hasta es posible que hubiera pensado que mi madre era una fulana, que quería que el señorito aquel le pellizcase el culo, quién sabe. El caso es que mamá consiguió ocultarlo, y con el dinero que ganaba compraba tocino para el puchero, botellines de cerveza El Alcázar de los que llamaban Biscuter y jamón blanco loncheado para cuando venía de visita mi tía con su marido el médico. Además pagaba las deudas de mi padre en el Bar Bonoso, que creía que lo invitaban por buen cliente, y para qué negarlo, alguna vez se compraba un cartón en el bingo del Hotel Condestable con la esperanza de que el exiguo premio nos sacara de pobres.
Y es que El Valle era un barrio pobre, poblado por una variopinta masa de gentes fracasadas pero esperanzadas en que un golpe de suerte les sacara de allí y pudieran estrenar piso en el Gran Eje o la Avenida de Madrid y matricular a sus hijos en colegios de pago en los que solo pegaban los curas y no había drogas. Alternaban en sus bares obreros de la construcción, matarifes de Cárnicas Molina, gitanos que vendían género robado en sus puestos del mercadillo, camellos de poca monta, algún cura comprometido que dejaba abierta la iglesia para que los yonkis no pasaran las noches al relente, tenderos acuciados por las deudas, como mi padre, y excepcionalmente algún profesional independiente al que la fortuna empezaba a sonreír. Como a Manolo El Contratista, que se compró un Supermirafiori y la primera noche que lo aparcó frente a su casa le reventaron las ruedas y los cristales.
viernes, 30 de noviembre de 2007
Cambiando Jaén
martes, 30 de octubre de 2007
El origen
Se llamaron Hatari porque todos imaginaban ser John Wayne, porque inventaban vidas llenas de aventuras, capturando leones y enamorando a hermosas mujeres. El pueblo, perdido y gris, les ahogaba, y la música les permitió escapar. Se instalaron en Marrakesh porque era África, porque allí veraneaban por entonces multitud de extranjeras desinhibidas y porque tenían una vida entera por delante. Pero sobre todo, porque había hoteles dispuestos a pagar una fortuna por nefastas versiones de las canciones de moda. Tony Lagar bajaba cada noche del escenario como un cazador, dispuesto a bailar con aquellas chicas de cine que ofrecían sus labios con descaro, sin exigir promesas y sin necesitar siquiera entenderlo. Pasó el verano entre músicos, encantadores de serpientes, saltimbanquis, y sobre todo —recordaba— rodeado de colores inverosímiles, que le hacían olvidar los tonos grises de su pueblo. Con cada beso, con cada porro, se bebía los sesenta como si Franco hubiese muerto ya. Hasta aquel día en que una carta le hizo volver. La carta que me anunciaba, que le anunciaba su próxima paternidad y un trabajo serio. Hace unos años, mientras paseaba por Djamaa el-Fna, como hizo mi padre veinticinco años antes, me pregunté si en el origen de las cosas no está el fin de aquellas que más queremos; compartiendo risas y porros, pagados con su dinero, fui consciente de que quizás murió al engendrarme, de que ya sólo era un fantasma intentando vivirme la vida. Ahora trabajo junto al cadáver de Tony Lagar. Estoy esperando un hijo.
14/09/04
jueves, 25 de octubre de 2007
Hombre que no se abre el culo no es de fiar
jueves, 20 de septiembre de 2007
¿Por qué calla Pedantín?
Debe ser cierto lo de
Primum vivere, deinde philosophari.
y se ve que al chaval lo tiene el jefe puteado, hartándose de dar horas para poder comer.
A ver si con la cita en latín se nos anima, o con un microrrelato absurdo de El Volti:
jueves, 13 de septiembre de 2007
Mi delito favorito
viernes, 7 de septiembre de 2007
Recomiendo
viernes, 22 de junio de 2007
Profilaxis I
María cohabita con su abuela. Le resulta imposible subsistir con una pensión de trescientos euros y cuidando a una impedida, así que la chupa por veinte euros y folla por treinta, y vive bien, no te creas, y su chocho lo agradece. A veces le cuesta concentrarse en su trabajo oyendo el respirador eléctrico en la habitación de al lado, y esos suspiros que mas parecen estertores. Pero no palma, la abuela, digo. Eso sí, se queja mucho la hijaputa.
El marido de Teresa se ha vuelto gordo y halitoso, aunque no se ha dado cuenta, porque no ha sido de un día para otro. Ella no soporta su saliva, su sudor, sus pelos descolocados, aunque reconoce que antes sí. Hace años que no tienen una conversación interesante, bueno, una conversación. Ella es profesora de griego, aunque nunca le han dado por culo. Corrige los exámenes con guantes de látex y jamás se sienta en la taza de un váter, ni en su casa. El cierra la llave de paso al salir, comprueba siete veces si han desenchufado el brasero y no permite que dejen correr el agua mientras se cepillan los dientes. Ambos se perdonan.
No soporta a los gilipollas, lo siente pero no los soporta. Dionisio acude a los avisos temblando de rabia. —Ve, señora, se sube la palanquita y ya está, es que se había disparado el diferencial, no es ninguna avería. ¿Ahora qué coño le cobro yo? Anda, déjelo. Alguna vez le ha partido la cara a alguien, pero porque se han pasado de listos, él no cobra si no quiere, pero que no le obligue nadie. Eso sí, porque iba pasado, que algunas mañanas a las diez ya lleva cinco brandis, y porque no los soporta ¡qué coño! A los gilipollas.
A María le gustaría tener el sida, no sé, algo así. Pero no lo tiene, seguro que no. Si lo tuviera dejaría de cobrar y contagiaría a todo el mundo, y podría escribir sobre el vapor de algún espejo “Bienvenido al sida” o algo parecido. Y con suerte saldría en los periódicos, o podrían escribirle un libro, o hacer una película, eso sí que estaría bien. Pero como no lo tiene se conforma, y hace putadas menos refinadas. Por eso ha llamado a un electricista de urgencias. Ella sabe que han cortado la luz por falta de pago, pero ha llamado a un electricista de urgencias. Y en vez de pagarle piensa cobrar ella, y el afortunado se va a ir bien follado y con la cartera vacía, eso sí sin contagiar, satisfecho y saludable, desgraciadamente.
El marido de Teresa es temido en la comunidad. Ante su insistencia han tenido que instalar un pararrayos, clausurar la piscina, codificar las llaves del garaje, y pagar las facturas del taller mecánico en que reparan su Seat León rojo, que ha sido víctima de innumerables actos vandálicos. Hoy antes de salir ha dicho —Teresa, llama a un electricista. Todo porque ayer leyó la carta en que la compañía eléctrica recomienda instalar un protector contra sobretensiones, que por lo visto eso es muy seguro.
Otra gilipollas. —Pero no ve, señorita que esto está bien, va a ser de fuera. Dionisio comprueba que en el portal hay luz, así que baja al cuarto de contadores. —Señorita, que le han precintado el contador, que eso es porque no paga, ¿ahora quién me abona a mí el desplazamiento? María ha empezado a besarle. Dionisio le arranca el vestido y le muerde los pezones, pero no se la mete, que él no es tan cabrón, que el no va por ahí contagiando de gonorrea, así que se conforma con una paja, y en agradecimiento le chupa el chocho, bien chupado, pasando la lengua por sus ingles depiladas, abrazando con su labio superior el clítoris y deslizando su lengua por debajo, metiéndola dentro y haciendo suaves círculos que la hacen gritar de placer.
Dionisio Martín, electricista. Teresa le ha llamado por su nombre. Bonito nombre, como el dios griego. Lo imagina alto y joven, muy moreno. Seguro que el mono entreabierto deja ver un torso modelado y sin vello. Un Dionysos hermoso y lascivo, que la haga olvidar tanta profilaxis. De improviso piensa en sus manos trabajadoras y se dirige al lavadero para comprobar si queda lejía.
—¿Que son veinte euros? ¡Tú estás loca! ¡si te acabo de comer el coño! Dionisio ha tenido que partirle la cara, mira que a él no le gusta pegar a las mujeres, que a su novia en diez años no le habrá pegado más de doce o quince veces, y siempre se lo merecía. Pero es que vaya tía gilipollas, que no lo soporta, que no, que no puede con los gilipollas, que ha tenido que coger el coche y salir a toda hostia, que es que cuando se enciende no sabe parar, que si no se va es capaz de matarla, a la zorra esa, sí, que le olía el chocho a bacalao.
A María le duele la cabeza. Ha despertado con un poco de sangre, varios moratones y un cosquilleo entre las piernas que le hace dudar si llamarlo de nuevo. Pero acaba de recordar que hace ya mucho que no escucha el respirador, acaba de darse cuenta que debía haber pagado las facturas, que ese magnífico bolso podía haber esperado en la tienda unos días más. No sale ni un solitario quejido de la habitación de la abuela.
Dionisio acelera aún más fuerte. Se ha salido un poco en la curva, si él lo reconoce, pero no va a tener la culpa de que la gente no tenga ni puta idea de conducir. Vale que ha invadido el carril contrario, pero no era necesario que el inútil del León rojo diera ese volantazo. Si se ha salido de la carretera es su problema. La verdad es que ha dado alguna vuelta de campana, pero que le den porculo, que además de inútil tenía pinta de gordo halitoso. Además él no puede parar, que tiene que instalar todavía un protector contra sobretensiones y ya mismo es la hora de irse a comer.
Teresa abre la puerta y sonríe más ampliamente que de costumbre. No se siente defraudada, su Dionysos es bello, como en sus sueños. Le observa hacer su trabajo, seguro, preciso, se excita observándolo. Sabe que no se atreverá a intentar seducirle, sabe que no soportaría el contacto de unas manos sucias, de un sudor ajeno, de una verga joven y dura. Dionisio tose, tiene en la garganta un pelo, negro y rizado, de coño satisfecho. Teresa le ofrece un vaso de agua, que él agradece con un movimiento de cabeza.
Dionisio ha cobrado mucho más de lo que debiera, y ha salido de la casa sin intentar follarse a esa madurita tan atractiva. Es raro en él, pero es que la gilipollas morosa aún le tiene el cuerpo malo, y encima lo del coche, que como alguien haya anotado su matrícula… Y ojo que no es por lo de la gonorrea, que no, que él no contagia a una muerta de hambre, pero a una señora como esa, y que encima está buena, a esa la contagiaba él con gusto, pero que no, que no tiene cuerpo.
Teresa ha empezado a limpiar cada huella, a desinfectar cada rastro de la extraña presencia en su casa. Ha recogido el vaso de agua y no lo ha podido evitar, ha buscado la impresión de unos labios en el borde del cristal, ha puesto encima los suyos y ha inclinado el vaso, bebiendo el dedo de agua con restos de su saliva. Ha sentido un cosquilleo entre las piernas que le hace dudar si llamar a su marido.
lunes, 28 de mayo de 2007
¡Que viene el lobo!
¡A vosotros Bipartidistas del mundo! ¿Vais a dejar que un 5% os gobierne? ¡Tomad las calles! ¡Quemad el Ayuntamiento! Vallad la ciudad, ponedle un candado y aniquiladnos.
Os esperamos en casa, descojonados de risa.
PD: A ver si a estos les da tiempo a pagar algo, y así dentro de cuatro años, cuando vengan los de siempre, nos entretienen con sus inauguraciones o sus bancarrotas.
miércoles, 23 de mayo de 2007
¡País de subnormales!
Así que nos van a dar por culo a los republicanos.
Se ve que históricamente son personas importantísimas:
- El rey sin ir más lejos nos salvó de una dictadura (por lo que se ve lo hizo él solito y no tuvo nada que ver que se acojonasen los militares, porque él tomo partido por el pueblo y ya casi ni se acordaba de quién lo había puesto ahí cinco años y pico antes).
- La reina, qué decir de la reina, qué elegancia, qué saber estar y qué sencillez, sin duda una persona históricamente imprescindible.
- El príncipe ¡joder, con el príncipe! Ese si que está preparado, que ha estudiado derecho y le han regalado un par de master, y esquía de puta madre, vamos que estamos salvados.
- Adolfo Suárez, falangista converso artífice de una tranquila transición que mereció el Príncipe de Asturias de la Concordia (Je,Je) aún a costa de perpetuar un régimen ilegal, de pasar página sin hacer justicia y de hacerle la cama a los militares.
- Y Felipe González, que nos metió en la OTAN, en Europa e inventó el terrorismo de estado.
Encima va la Leti y sale en el puesto 15 (sus méritos: presentar un telediario y abrirse de piernas ante un Borbón), al ladito de Severo Ochoa (13) y por delante de Alfonso X el sabio (18), Goya (20) o Felipe II (29) (este último se clasifica justo detrás de Rocío Jurado (28), que como todo el mundo sabe ha sido históricamente mucho más importante). Vamos que, sinceramente, creo que Franco (23) debería estar delante de toda esta caterva.
Para seguir con la lista de los diez primeros, tenemos a otros cinco que reúnen méritos históricos suficientes, además de reflejar fielmente el carácter español:
- Un ladrón, militar ultranacionalista español y fanático religioso, además de genial escritor: Miguel de Cervantes (2).
- Un genocida y esclavista, dotado de una ambición enfermiza e iluminado por el Dios cristiano, además de intrépido aventurero y experto navegante: Cristóbal Colón (3) (y ni siquiera sabemos si era español, por mucho que de el perfil sicópata nacional).
- Una monja drogadicta y pervertida, en éxtasis constante ante las visiones de un Cristo joven, sudoroso y ensangrentado, además de mística escritora cuyo cuerpo se halla repartido en pedacitos por toda la cristiandad: Santa Teresa de Jesús (9).
Así que nos van a dar por culo a los ateos.
Por último dos magníficos misóginos:
- Pablo Picasso (8) el gran pintor y revolucionario del arte.
- Santiago Ramón y Cajal (6) el médico premio Nobel de Fisiología que constituye casi el único científico español con algún éxito contrastado internacionalmente.
El primero sólo se preocupó de las mujeres para follar como un campeón, todas las que pasaron por su lado terminaron (bien folladas, eso sí) sin ninguna autoestima y con la vida destrozada. Y al segundo le he encontrado una frase que no tiene precio: "La más ignorante y rústica de las mujeres puede engendrar un hombre de genio", que por lo que se ve, el muchacho consideraba que las mujeres solo sirven para eso, para abrirse de piernas y dejar entrar o salir cosas, pero para crear… por eso se metió a culturista para enamorar mujeres (se ve que con la visión que tenía de ellas prefería no usar la inteligencia, aunque le sobrara) y le hizo siete barrigas consecutivas a su señora esposa, adelantándose a las tesis de monseñor Escrivá de Balaguer (que también sale un poco más allá del puesto 50).
Así que nos van a dar por culo a los que creemos en las personas más que en los géneros.
Algunos más entre los cincuenta primeros: Fernando Alonso, Isabel Pantoja, Dani Pedrosa, David Bisbal o Antonio Banderas.
Así que, con este panorama, sólo me queda exclamar: ¡PAIS DE SUBNORMALES!
Al final va a ser verdad eso del analfabetismo funcional, y la mayoría de la gente no es capaz de responder a la pregunta que le hacen, sino que responden a la que le gustaría que le hicieran. Así que si os preguntan ¿A qué español consideras el más importante de la historia? Haced como la mayoría, responded en su lugar a la pregunta ¿a qué famoso quieres más? Mi respuesta: Ramonchu García, el de las capas y las campanadas ¡a tomar porculo!
P.D. Voltikipedia informa:
Resultados de la misma encuesta en otros países:
EEUU: el estadounidense de la historia es su ex presidente Reagan.
Francia: consideran que el francés más importante es su ex presidente DeGaulle.
Alemania: su ex canciller Adenauer.
Portugal: su ex dictador Salazar.
Corrijo: ¡MUNDO DE SUBNORMALES!
martes, 8 de mayo de 2007
El futuro de la música o la verdadera historia del sábado noche

—Un agente de la utoridá le pide que se identifique y Usté se identifica, y sácabao!
Aunque se lo tiene merecido, porque yo cuando aparco le doy el puto euro y me quito de problemas, y no doy lugar a que se me presente a las cinco de la mañana en el garito y me arme el follón. Vale que sabemos que es para drogarse, y para que se droguen ellos mejor se droga uno, pero coño, si no cuesta tanto: les das la moneda y una palmadita en la espalda y les dices “Cuídamelo chaval”, y ellos tan contentos, ni sacan la placa ni la pistola ni nada, y te dejan poner copas hasta las tantas porque están ocupados vigilándote el coche.
Vamos que andaba yo así, enmalratado, cuando me dio por partirle la cara al cantante de ex-moda que suspende un concierto en Jaén cada quince años, y como estaba allí, a mano y borracho, me dispuse a calentar mis nudillos y… ¡oh, terror! me crujieron casi dolorosísimamente, y yo es que no lo soporto, que me da una dentera el crujir de huesos y tendones, que es que se me aflojan las piernas y se me relajan los esfínteres.
Decidí por tanto ensimismarme en mi mismo hasta que algún pensamiento acudiera presto a mi cabeza, o despacio, que igual me daba. Así, en un interminable instante bastante duradero, aparecieron en mi mente tres nombres: Enrique Urquijo, Antonio Vega y Manolo Tena, tres artistas desahuciados por no llevar gafas, con la aquiescencia de toda la profesión. Intuí con claridad que el Comando Gafas formado por Javier Gurruchaga, Ricardo Solfa y, más que probablemente, el Trovador de las Tierras Vascas, fueron quienes ofrecieron los caramelos con droga a aquellos tres prometedores cantautores, convirtiendo un soleado día de escuela en el ocaso de tres brillantes carreras, situación que aprovecharon para ocupar su hueco en el mercado y llenar estadios paseando sus relucientes monturas y cristales progresivos.
—Te pillé, delincuente —dije al Trovador.
—No me arrepiento, en tus manos quedo, hágase en mí según tu palabra —respondió.
—¡Calla! ¡No insistas más! ¡Soy insobornable! —le amenacé —¡Deja de pedir clemencia!
—No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme —repetía incansablemente, intentando minar mi resistencia.
—Vale, te encubro, aunque puesto a delinquir hubiera preferido un buen estupro —zanjé autoritario y sincero.
Así que, hermanados por un delito compartido (y no por meter la polla en el cubata, que es como se hermana la gente pobre y sin futuro que nunca disfrutará de un adosado), nos dirigimos hacia el cantante de ex-moda.
—Hola Santi ¿puedo llamarte Juan? Perro —le dije manejando con maestría la situación de la cosa esa con el punto debajo que se pone después de preguntar.
—Perra tu puta madre, montón de mierda —contestó con cariño— ¡Juanperro!, que por poner la pe mayúscula le metí dos balazos al cartelista y me tuve que ir diez años a estudiar el son cubano, y porque había olvidado la pistola, que si no me lo cargo. Por lo menos le puse el ojo morado, que yo las balas las tiraré despacio, pero de las duras, no de esas de goma, que ni matan ni ná —nos contó amigable.
—Pues mira, es que mi amigo y yo compramos la entrada a tu concierto hace quince años, y como entonces había pesetas y se tardaba mucho más en contar, pues tardaron diecisiete meses en devolver el importe, y ya nos vino mal la cosa, porque estábamos de mercenarios en la guerra de los Balcanes y nos dio pereza dejar de violar y matar y meternos el viaje por dos mil pelas. Así que, con intereses de demora, yo creo que con cincuenta euros quedamos como amigos —dije calculando sin ambición ni malicia.
—Pues no tengo un duro, pero llevadme de copas, que yo nunca pago, y os bebéis los cincuenta euros. Y que nos acompañen vuestras dos hermosas mujeres a las que me gustaría cepillarme si no tuviera la certeza de que no se me va a poner dura, y eso olvidando el tema de la fimosis, que llevo cuarenta años sufriendo en silencio —añadió.
Cogimos el metro, decididos a saldar nuestra deuda en el Lemod. En el trayecto nos contó por qué no pagaba las copas:
—Yo es que antes de Juanperro era Santiago Auserón, el que montó la escuela de calor. Y claro los hosteleros me están muy agradecidos, porque con el calor vino el turismo, y se llenó España de guiris y se hincharon de ganar pasta. Y por eso no me cobran. Bueno la madame de un burdel de Almería quiso cobrarme una copa hace ya tiempo, y yo en vez de mandarles el calorcito del bueno les mandé el calor de cojones, y se les ha llenado aquello de negros. Pues que les den por el culo, que llega el pestazo a negro sudado casi hasta Murcia, y que conste que no soy racista. ¿Queréis que os la chupe? Yo es que he sido toda mi vida un heterosexual ¡Ya está bien, hombre, que de tó hay que probar! —expuso coherentemente.
En el Lemod se concentraba lo más granado de la sociedad de al lado de Granada. Seis de la mañana, nosotros, el escritor local, un DJ que se acordaba de Radio Futura, el típico tipo que sale los sábados a ver si le cuenta un chiste a un famoso, Josué, que es uno calvo que cierra todos los garitos, el segurata sudaca que tiene más pecho que Yola Berrocal y las tres chochonas que dicen “míralo, míralo,… que sí es, que sí es,…” e intentan llevárselo a rastras hasta que un alma bondadosa les dice “venga chicas, que necesita descansar” y se marchan obedientes pero jodidas por no tener quien se las joda.
—¿Y tú a quién coño le haces ahora el ¡au!...¡au!...¡au!? —cantó el Trovador con una entonación envidiable—Juanperro de los cojones —añadió tratando de agradar.
—A mi Cati, que no se deja dar por culo la jodía. Esa se enamoraba de ti seguro, de este no —afirmó señalándome—pero si quieres te dejo llenarle el ojete de leche. ¡Dame un pico tío! —exclamó conquistador.
—Pero quítate el moco, que pierdes todo el glamour —dije, haciendo gala de mi capacidad de observación.
Y se lo quitó, y nos dimos el pico, pero manteniendo las distancias, que no me fiaba yo de que se envalentonara y quisiera abrazarme (¡qué mariconada!), máxime sabiendo que el mocazo verde y adherente debía seguir en su mano, y luego los mocos no salen, y hay que frotarse y frotarse, y ya se sabe…
—Tú es que deberías follarte a mi Cati, de verdad, que nadie sabe lo que es follar hasta que se la mete —insistía Juanperro al Trovador.
Yo por hacer tiempo mientras negociaban, convencí al escritor local que pidiera un autógrafo a Juanperro para su mujer, que seguro que le gustaba, y así se le pasaba el enfado (no de que fuera escritor, sino el que iba a coger cuando llegara a las siete de la mañana y la despertara con sus vómitos y sus versos reconciliadores).
—¿Y ese quién pollas es? —preguntó en verso y alardeando de su vasta cultura, como podéis observar.
—El de Radio Futura —contesté.
—¿Eh?
—El de La Bola de Cristal, el que leía los poemas de Edgar Allan Poe.
—¡La virgen nene! —exclamó mientras corría hacia él sacando la libreta y el bolígrafo.
Si es que con los intelectuales ya se sabe…
—¡Folláos a mi Cati, coño! ¡Estoy hablando de amor! —chillaba Juanperro con ojos desorbitados.
—¿Me firmas? —preguntó humildemente el escritor local.
—¡Hazlo tú también! ¡Amadla todos juntos! ¡Yo observaré humildemente!
—No, si con un autógrafo me conformo —replicó el escritor.
—¡Qué autógrafo! ¡Te estoy ofreciendo a mi mujer! ¿Te parece poca generosidad?
—¿Dónde está tu mujer? —le preguntó ya nervioso y sin perder de vista la libreta inmaculada en las manos de Juanperro.
—En Madrid —contestó.
—¡Así qué pollas! —dijo el escritor— si mi mujer estuviera a cuatrocientos kilómetros yo también te la ofrecía, pero está aquí cerquita, en la cama, esperando tu autógrafo, tonto de los cojones.
—¡Vamos todos a Madrid! ¡Amémonos! ¡Mi Cati espera, húmeda y sumisa!
—¿No vas a firmar, verdad? —preguntó el escritor, ya visiblemente exaltado.
—¿Que te firme? ¿El qué te firmo? —preguntaba Juanperro con mirada extraviada.
El escritor local le arrancó la libreta de las manos y le gritó mientras se marchaba:
—¡Vete a la mierda tontoloshuevos! ¡que a mi ni me gustaba Radio Futura ni ná, que érais un coñazo! Eso sí, me saludas a los Electroduendes —concedió al menos.
—¡Vamos al baño! ¡metédmela por detrás! —seguía el Juanperro con la cantinela.
Y fue en ese momento cuando el Trovador agarró al Juanperro de las caderas, y con mucha serenidad pero aún más firmeza, le enculó sin bajar siquiera sus vaqueros, ofreciendo a los presentes una bonita metáfora sobre el futuro de la música. Todos vimos con claridad como el son, los ritmos africanos, la trova y el rock hispano se dejaban sodomizar felices ante la imparable fuerza con la que el Frikipornrockin irrumpía tras ellos, dominador, iniciando una nueva era en la historia de la música, ante la que sólo pudieron entonar un sonoro ¡au!...¡au!...¡au!
Para saber mas sobre Frikipornrockin visita www.myspace.com/frikipornrockin
