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jueves, 25 de octubre de 2007

Profilaxis II

Bueno, aquí os dejo mi particular continuación al relato de Volti...

Antes de empezar a leer es absolutamente imprescindible leer el anterior PROFILAXIS....





El diagnóstico de Fausto, el marido de Teresa, es más que reservado. De hecho, su gravedad se intuye ante el lacónico e intermitente beep de su monitor. Un par de costillas rotas, fémur astillado justo antes de la rodilla, una pequeña hemorragia en el bazo, y, lo peor, un atisbo de coágulo en el cerebro aún por confirmar. En la clínica privada Buenos Aires, Teresa dispone de una cama junto al enfermo, pero sólo la idea de compartir una atmósfera cargada de gérmenes le ha hecho vomitar dos veces, y antes de llegar a casa ha tenido que parar en la farmacia . “Desea algo, Señora...” –No hay respuesta.- “¿se encuentra bien...? “ Un repentino mareo no la deja reaccionar, y apenas puede reprimir la penúltima arcada. “ una caja de Primperán, y....Otra de Prozac”...

La botella era de un whisky barato, una de esas marcas escocesas dónde la palabra whisky viene con faltas de ortografía, y que resultan muy populares en las gasolineras y los garitos del Barrio Bajo. Allí le gusta ir a Dionisio cuando ha hecho una chapuza extra y decide quemar un par de billetes de 50 con unas cuantas fulanas, bien entradas en los 40, que allí las jóvenes ni pisan, por no contagiarse, los charcos perennes alimentados de las malolientes bajantes de los edificios de ladrillo rojo. Ahora mismo le gustaría estar alli, en la barra de Angelo’s, pidiendo su whisky favorito, o sea, el más barato, y buscando alguna zorra libre y más bien fea, que son las únicas que se dejan pegar. Sí, le gustaría tanto estar allí... Su botella está vacía y aquella mierda de citación Judicial en su buzón le ha puesto de un humor de perros.

Lo que sacó por los muebles cubrió los gastos de un discreto sepelio. Nada de coronas ni pompas fúnebres, pues, como piensa María, “el vivo al bollo y el muerto al hoyo”, que demasiao había hecho ella ya con aguantarla tantos años, y aunque consiguieron salir del poblado de chabolas junto a la autopista, nunca perdonó a la vieja el haberla apartado de su verdadera madre. Por más que se empeñara en decir que había muerto, ella sabía que aquello no podía ser cierto. Su madre estaba en alguna parte, quizás no muy lejos, hasta que puede que estuviera en aquella misma ciudad. Quién sabe, pensaba, quizás la carta del Juzgado tenga que ver con ella. Quizás quiera enmendar su pasado. “Ya vale, puta, ya estáaa...!” El repentino aullido la saca de sus pensamientos. El áspero tufo del sudor ajeno le llega de golpe a su nariz, bloqueando casi todos sus sentidos, como si hasta entonces no recordara que está trabajando. Se ha vuelto “profesional”, lo de follar con el respirador artificial al lado es una cosa, pero seguir llevando a casa clientes con el espíritu de su abuela por ahí pululando le daba escalofríos. María se apresura a ponerse su sweater y su mini falda, por llamar de alguna manera a ese pedacito de tela elástica que apenas le cubre las nalgas... “¿Qué cóño estás mirando? ¿Es que esperas que te vaya a hacer factura? Vístete y lárgate cabrón, tengo cosas que hacer.”

“Ahora voy a sentirme mucho mejor”. El mancebo no quería darle nada sin receta. Pero Teresa ha aprendido a los 40 que las fantasías de los muchachitos de provincias son mucho más inocentes de lo que se puede uno imaginar, y en más de una ocasión se ha ayudado de su aún pronunciado escote para conseguir lo que quería. Parecía recordar a Alvarito en los ojos de aquel chico. Ay! Ella era una niña traviesa, mucho más descarada de lo que el imbécil de Fausto siempre quiso creer cuando la conoció en aquel campamento de verano para niñas y niños con “problemas”. Así los llamaban, aunque poco quedaba ya por aquel entonces de Teresita, el azote de cuarto curso de las monjas Carmelitas. Todo fue tan rápido...! El resumen de su infancia pasó otra vez por su mente, como un cortometraje acelerado. Aquella discusión con mamá, sólo porque quería ir a las fiestas del Barrio de San Vicente (entonces aún no lo llamaban Barrio Bajo) con el guapo Alvarito. “ Pero mamá! Si no pienso bajarme las bragas ni nada!...” Una bofetada pareció explicar que sus buenas intenciones no conseguirían el resultado esperado. Y entonces se escapó con Alvarito, y compraron algodón dulce, y caminaron de la mano entre los carruseles y los coches de choque, y juntaron los labios, un momento, detrás de la tapia de la plaza de San Vicente. Entonces, Alvarito sintió el coraje para deslizar su mano debajo de aquel vestidito estampado que la madre de Teresa había cosido para que la niña fuera a la comunión de su prima de la capital. Teresita no se movía, no podía creer que aquello estaba sucediendo, las luces, el algodón, la música, el vaivén de los cachuchos la habían embriagado completamente. Notaba cómo le ardían las mejillas, casi se le nublaba la vista, como si soñara despierta... Apenas se dió cuenta que un sucio cuchillo no estaba a más de un par de centímetros de su cuello y que Alvarito se alejaba corriendo entre las ortigas, dispuesto a saltar la tapia...

Es mediodía. El sol aprieta y aquella maldita furgoneta parece un microondas. Dionisio detiene su C-15, abre la puerta y enciende un ducados, apoyándose en el capó – todavía hay pintura roja en la chapa –“ Maldito imbécil”, “seguro que lo del juzgado es por el gordo halitoso ese...” - “Joder..., no sé qué cojones voy a hacer si me quitan el carnet”. Da otra calada profunda, como si el aire filtrado a través de aquel cilindro de alquitrán y nicotina fuera más puro que el ambiente mismo, y esto le ayudara a respirar, a relajarse, a sobrevivir. Y entonces se da cuenta, al otro lado de la autopista sigue ahí, frágil, recortado, un paisaje de miles de cartones cosidos a las placas de uralita con alambres oxidados, ladrillos desnudos alternados con maderas, ventanas de plástico, puertas sin bisagras, una arquitectura febril, un collage de inmundicias convertido en techos, en muros, en calles de polvo manchadas de miseria... No puede ser. Si, ahí está. Aún acierta a distinguir su casa de entre las cientos de chabolas del Poblado Sur. Allí vivió con la vieja muchos años, porque el trapicheo del caballo sí que era un buen negocio, hasta que ella encontró aquel bulto de mierda que no paraba de llorar junto al colector que acaba debajo del puente, lo que se conoce como la Avenida de las Rusas, que tiene poco de avenida pero las putas son bastante rusas. Entonces ya no hubo sitio para él, y como el caballo lo tenía medio atontao decidió irse a la capital con su amigo el Chispas, que le enseñó poner cables y a gastar el dinero en putas y alcohol en lugar de en heroína.

“Que sí nena, que te compras un vestido y allí que te plantas, en mitad la televisión, con maquillaje y todo”. Puri, trabajadora del sexo, como a ella le gusta llamarse, ha intentado varias veces convencerla. “María, ellos son los únicos capaces de encontrarla. Y encima igual podías buscarte algún enchufe en la tele, y salir de esta mierda de Barrio, y follar por mucho, mucho más dinero que ahora, como la Bermúdez y esas...” Ella a veces estaba a punto del llamar al programa, pero le desanimaba la idea de que le hicieran un montaje, y además de a su madre le encontraran dos desconocidas hermanas ecuatorianas (de rasgos amazónicos...!) que llevaban años buscando a su linda hermanita y que necesitan cama y mantel en la capital... Y ella no está para desembolsos, que ya se había fundido lo que le había sobrao del entierro de la vieja y la coca estaba cada día más cara, joder... pa un vicio que tiene una. Sin embargo, aquel papel del juzgado parecía una señal. Sin saber muy bien porqué, estaba segura que, de algún modo, estaba relacionada con el paradero de su madre.

Todo sucedió en un suspiro, bueno, todo... menos “eso”. Al principio Teresita no tuvo tanto miedo. Sï, tenian una navaja, pero al fin y al cabo eran tres chiquillos, acaso más jóvenes aún que ella. Vestían pantalón corto, zapatillas J’Hayber y camisetas que un día fueron negras. Despeinados y con la cara sucia, dos de ellos parecían escoltar a su jefe , algo más alto que ellos pero que tampoco debía tener más de once o doce años. “¿Has visto como se ha pirao el cagao de tu novio?. Venga, saca lo que tengas, que os he visto en la feria”. Su voz tenía un deje arriero que lo hacía mayor, y su mirada parecía la del mismisimo demonio, clavándose en su vestidito corto. “No tengo dinero. Lo hemos gastado todo”...gimió, y entonces aprendió a la fuerza lo que era el miedo, mientras aquel imberbe se frotaba sus manos manchadas de grasa y le hacía una seña a sus secuaces. “no hay dinero, eh? Anda, guarra, levántate el vestido que vas a pagar de todas formas...” De nada sirvieron los gritos, ni el pataleo... Le golpearon con algo muy duro en la cara, acaso un mosquetón de escalada, y prefirió no seguir luchando. Mientras aquel chiquillo la violaba, ella no dejaba de vomitar. Sólo recuerda la voz de los escoltas entre risas, “Dale fuerte Dioni, dale...”

(CONTINUARÁ)

viernes, 22 de junio de 2007

Profilaxis I

A Dionisio Martín no le gusta su nombre, tampoco sus orejas, pero eso tiene arreglo. Piensa operarse, aunque de momento se conforma con llevar el pelo largo. Trabaja por su cuenta, conduce como un loco y su novia le ha dejado porque, dios sabe dónde, se contagió de gonorrea.

María cohabita con su abuela. Le resulta imposible subsistir con una pensión de trescientos euros y cuidando a una impedida, así que la chupa por veinte euros y folla por treinta, y vive bien, no te creas, y su chocho lo agradece. A veces le cuesta concentrarse en su trabajo oyendo el respirador eléctrico en la habitación de al lado, y esos suspiros que mas parecen estertores. Pero no palma, la abuela, digo. Eso sí, se queja mucho la hijaputa.

El marido de Teresa se ha vuelto gordo y halitoso, aunque no se ha dado cuenta, porque no ha sido de un día para otro. Ella no soporta su saliva, su sudor, sus pelos descolocados, aunque reconoce que antes sí. Hace años que no tienen una conversación interesante, bueno, una conversación. Ella es profesora de griego, aunque nunca le han dado por culo. Corrige los exámenes con guantes de látex y jamás se sienta en la taza de un váter, ni en su casa. El cierra la llave de paso al salir, comprueba siete veces si han desenchufado el brasero y no permite que dejen correr el agua mientras se cepillan los dientes. Ambos se perdonan.

No soporta a los gilipollas, lo siente pero no los soporta. Dionisio acude a los avisos temblando de rabia. —Ve, señora, se sube la palanquita y ya está, es que se había disparado el diferencial, no es ninguna avería. ¿Ahora qué coño le cobro yo? Anda, déjelo. Alguna vez le ha partido la cara a alguien, pero porque se han pasado de listos, él no cobra si no quiere, pero que no le obligue nadie. Eso sí, porque iba pasado, que algunas mañanas a las diez ya lleva cinco brandis, y porque no los soporta ¡qué coño! A los gilipollas.

A María le gustaría tener el sida, no sé, algo así. Pero no lo tiene, seguro que no. Si lo tuviera dejaría de cobrar y contagiaría a todo el mundo, y podría escribir sobre el vapor de algún espejo “Bienvenido al sida” o algo parecido. Y con suerte saldría en los periódicos, o podrían escribirle un libro, o hacer una película, eso sí que estaría bien. Pero como no lo tiene se conforma, y hace putadas menos refinadas. Por eso ha llamado a un electricista de urgencias. Ella sabe que han cortado la luz por falta de pago, pero ha llamado a un electricista de urgencias. Y en vez de pagarle piensa cobrar ella, y el afortunado se va a ir bien follado y con la cartera vacía, eso sí sin contagiar, satisfecho y saludable, desgraciadamente.

El marido de Teresa es temido en la comunidad. Ante su insistencia han tenido que instalar un pararrayos, clausurar la piscina, codificar las llaves del garaje, y pagar las facturas del taller mecánico en que reparan su Seat León rojo, que ha sido víctima de innumerables actos vandálicos. Hoy antes de salir ha dicho —Teresa, llama a un electricista. Todo porque ayer leyó la carta en que la compañía eléctrica recomienda instalar un protector contra sobretensiones, que por lo visto eso es muy seguro.

Otra gilipollas. —Pero no ve, señorita que esto está bien, va a ser de fuera. Dionisio comprueba que en el portal hay luz, así que baja al cuarto de contadores. —Señorita, que le han precintado el contador, que eso es porque no paga, ¿ahora quién me abona a mí el desplazamiento? María ha empezado a besarle. Dionisio le arranca el vestido y le muerde los pezones, pero no se la mete, que él no es tan cabrón, que el no va por ahí contagiando de gonorrea, así que se conforma con una paja, y en agradecimiento le chupa el chocho, bien chupado, pasando la lengua por sus ingles depiladas, abrazando con su labio superior el clítoris y deslizando su lengua por debajo, metiéndola dentro y haciendo suaves círculos que la hacen gritar de placer.

Dionisio Martín, electricista. Teresa le ha llamado por su nombre. Bonito nombre, como el dios griego. Lo imagina alto y joven, muy moreno. Seguro que el mono entreabierto deja ver un torso modelado y sin vello. Un Dionysos hermoso y lascivo, que la haga olvidar tanta profilaxis. De improviso piensa en sus manos trabajadoras y se dirige al lavadero para comprobar si queda lejía.

—¿Que son veinte euros? ¡Tú estás loca! ¡si te acabo de comer el coño! Dionisio ha tenido que partirle la cara, mira que a él no le gusta pegar a las mujeres, que a su novia en diez años no le habrá pegado más de doce o quince veces, y siempre se lo merecía. Pero es que vaya tía gilipollas, que no lo soporta, que no, que no puede con los gilipollas, que ha tenido que coger el coche y salir a toda hostia, que es que cuando se enciende no sabe parar, que si no se va es capaz de matarla, a la zorra esa, sí, que le olía el chocho a bacalao.

A María le duele la cabeza. Ha despertado con un poco de sangre, varios moratones y un cosquilleo entre las piernas que le hace dudar si llamarlo de nuevo. Pero acaba de recordar que hace ya mucho que no escucha el respirador, acaba de darse cuenta que debía haber pagado las facturas, que ese magnífico bolso podía haber esperado en la tienda unos días más. No sale ni un solitario quejido de la habitación de la abuela.

Dionisio acelera aún más fuerte. Se ha salido un poco en la curva, si él lo reconoce, pero no va a tener la culpa de que la gente no tenga ni puta idea de conducir. Vale que ha invadido el carril contrario, pero no era necesario que el inútil del León rojo diera ese volantazo. Si se ha salido de la carretera es su problema. La verdad es que ha dado alguna vuelta de campana, pero que le den porculo, que además de inútil tenía pinta de gordo halitoso. Además él no puede parar, que tiene que instalar todavía un protector contra sobretensiones y ya mismo es la hora de irse a comer.

Teresa abre la puerta y sonríe más ampliamente que de costumbre. No se siente defraudada, su Dionysos es bello, como en sus sueños. Le observa hacer su trabajo, seguro, preciso, se excita observándolo. Sabe que no se atreverá a intentar seducirle, sabe que no soportaría el contacto de unas manos sucias, de un sudor ajeno, de una verga joven y dura. Dionisio tose, tiene en la garganta un pelo, negro y rizado, de coño satisfecho. Teresa le ofrece un vaso de agua, que él agradece con un movimiento de cabeza.

Dionisio ha cobrado mucho más de lo que debiera, y ha salido de la casa sin intentar follarse a esa madurita tan atractiva. Es raro en él, pero es que la gilipollas morosa aún le tiene el cuerpo malo, y encima lo del coche, que como alguien haya anotado su matrícula… Y ojo que no es por lo de la gonorrea, que no, que él no contagia a una muerta de hambre, pero a una señora como esa, y que encima está buena, a esa la contagiaba él con gusto, pero que no, que no tiene cuerpo.

Teresa ha empezado a limpiar cada huella, a desinfectar cada rastro de la extraña presencia en su casa. Ha recogido el vaso de agua y no lo ha podido evitar, ha buscado la impresión de unos labios en el borde del cristal, ha puesto encima los suyos y ha inclinado el vaso, bebiendo el dedo de agua con restos de su saliva. Ha sentido un cosquilleo entre las piernas que le hace dudar si llamar a su marido.