viernes, 6 de junio de 2008
Moteros al filo de lo imposible (I: el frío)
Creo, por el cansancio, que no estoy demasiado inspirado para narrar nuestras andanzas del fin de semana, pero la memoria flaqueará en breve y quizá un testimonio fresco mal narrado sea mejor que una prosa atinada pero rancia.
¡Vaya experiencia la de este fin de semana! El jueves, como aperitivo, nos zampamos 550 kms. hasta Madrid. Fue un error salir a las 13 en vez de a las 10, como teníamos previsto, pues la caída de la noche en los últimos kilómetros hizo los primeros estragos por baja temperatura en nuestro organismo. A sólo 30 Kms. de Madrid, aparentemente una mariconada, tuve que parar porque el frío de las manos (única parte del cuerpo en la que he pasado frío de verdad) era insoportable. Me calenté como pude (el tubo de escape es muy útil a estos efectos) y llegamos sin problema a la capital.
El viernes salimos a las 16 con rumbo a Valladolid (190 Kms. más). Optamos por tomar el Puerto de Guadarrama en vez del túnel de peaje, ya que hacía un sol la mar de bonito. Mereció la pena. La montaña estaba nevada y disfrutamos bajo el sol de un precioso paisaje alpino. Moderé la velocidad porque el suelo estaba blanco (no sé si era nieve o hielo, pero no perdí el control). Me adelantaron un par de super-sport a mucha más velocidad que yo (no sé si se la jugaban o conocían bien el terreno y sus condiciones).
Una vez superado el Puerto hay un tramo de paisaje tristón del que nos vimos privados súbitamente al cerrarse de sopetón una espesísima niebla a unos 60 Kms. de Valladolid. Ahí empezamos a pasar frío (lo del día anterior se nos antojaba ya anecdótico). Se nos hizo de noche en un pispás y creo que paré tres veces en esos 60 Kms. porque no me sentía las manos y no iba a poder frenar ni cambiar de marcha cuando fuera necesario.
La entrada en Valladolid fue triunfal: coincidimos cientos de motos, de todo tipo, y el ambiente era muy festivo por la alegría de la llegada y la complicidad de los moteros. Sentí una emoción muy grande. Tanto en ciudad como en mis salidas turísticas de fin de semana veo poquísimas motos (las scooters sabéis que para mí no son motos). Y es algo que no me explico y además me entristece: qué coño le pasa a la gente para que tengan que ir en coche al trabajo (un coche - una persona) chupándose atascos y problemas de aparcamiento y privándose del inmenso placer que produce volar sobre dos ruedas... En cambio, al entrar en Valladolid y ver tantas motos (con el factor añadido de la severa adversidad climatológica) viví un oasis motero: o el mundo había cambiado o yo estaba en otro mundo, pero en vez de "gilipollas a cuatro ruedas" lo que había era una invasión de "caballeros a dos ruedas" a lomos de sus jamelgos (¡y vaya jamelgos!).
Después de calentarnos en el hotel y deshacer las maletas nos dirigimos a Boecillo, donde tenía lugar la concentración. Nos inscribimos con los números 7054 y 7055. Después fuimos a la fiesta de Nochevieja y Año nuevo motero, con sus doce campanadas, sus piñones (en vez de uvas) y su cava a discreción. Qué cachondeo y qué buen ambiente. Conocimos a gente de Bilbao que también habían recorrido lo suyo para llegar hasta allí.
El sábado tuvimos un grado de máxima al sol a las 15 horas. Ya estábamos hechos al frío. Además, descubrimos que el frío no es sólo cuestión de temperatura. Hay otros muchos factores que influyen en la sensación térmica: velocidad, humedad, viento... pero el más importante es un factor desconocido para mí hasta entonces, el tiempo. Si estás calentito y te expones al frío de la moto durante un cuarto de hora es muy difícil que te congeles. Ahora bien, si estás media hora o más en condiciones extremas, olvídate de soportarlo sin bajarte de la burra.
Ese día disfrutamos de una comida y una cena en dos sitios cojonudos (aparte de exhibiciones de motos y de disfrutar viendo miles de motos chulísimas aparcadas por todas partes). Por la mañana, un asador tradicional, en una cueva, a base de lechazo y otros productos de la tierra. Por la noche, un restaurante de muy buen gusto y con un servicio excelente. El dueño se hizo amigo nuestro. Al cerrar el restaurante iba a coger su BMW y a tirar para Boecillo. Nos contó anécdotas de las primeras concentraciones (este año ha sido la edición 24 de Pingüinos) y pasamos un buen rato con él y con su novia (que fue la que nos atendió en la mesa). Tuvo gracia que quien nos ayudó a encontrar el restaurante fuera un motero de San José de la Rinconada, que iba en coche esa noche pero decía que había visto nuestra moto aparcada en el hotel al lado de la suya: una 1500. Yo pensaba que el tío estaba de guasa. De San José podía ser porque tenía acento sevillano, pero ¿qué hacía en coche? ¿y a qué moto se refería? porque una 1500 no debe de pasar desapercibida y yo no recordaba haber visto ninguna.
Al salir del restaurante el termómetro marcaba 3 grados bajo cero y la niebla era tan espesa que se nos escarcharon los cascos (y a mí los huevos, por fuera, claro). Pasamos de ir a la concentración teniendo en cuenta lo que nos esperaba al día siguiente (casi 600 Kms.).
El domingo fue un día larguísimo. Valladolid amaneció nevado (suerte que usamos el párking del hotel) y tuvimos que soportar hasta 4 bajo cero a plena luz del día. Entre Valladolid y Salamanca paramos cuatro o cinco veces porque el frío era insoportable. Íbamos muy bien equipados y no éramos los únicos en pasar frío: la carretera era un rosario de motoristas parados en el arcén intentando calentarse o simplemente hacer un paréntesis en la tortura de la conducción en esas condiciones. Encontramos una gasolinera en una carretera secundaria que se llenó de motoristas. M. me hizo algunas fotos con mi traje completamente blanco por la nieve que se me había adherido. De la pantalla del casco cayó una capa de hielo que cubría toda la pantalla. Los frenos y otras partes de la moto tenían gruesos bloques de hielo que quité a base de golpes.
Hasta Salamanca no desapareció la niebla. Tuve un semi-pique con una CBR y llegamos a Salamanca haciendo relevos a unos 130 por hora.
El resto del viaje lo hicimos al sol. Plasencia, Cáceres, Mérida... La Ruta de la Plata es una gozada por sus curvas y disfruté de lo lindo con los adelantamientos. Un Vectra se picó conmigo y tuve que ponerme a doscientos para dejarlo atrás. Ya no hacía frío. Entonces, en un adelantamiento me pilló la Guardia Civil rebasando por pocos metros una línea continua (había visibilidad de sobra). Me multaron y anduve tristón unos cuantos kilómetros (tampoco me duró mucho la pena).
Luego ocurrió algo curioso. Adelantamos a un grupo de cuatro o cinco Harleys. Iban todos de negro, con maletas de cuero llenas de tachuelas y los pies en alto más adelantados que las manos. Uno de ellos nos saludó. Yo no sabía quién era. Paramos en la gasolinera y ellos también pararon. ¡Era el tío de San José de la Rinconada! Su 1500 era una Suzuki Intruder, imitación de las otras Harleys, que sí eran auténticas. Me dieron un buchito de su petaca de Luis Felipe. Me supo a gloria. Dijeron que se habían pulido dos botellas durante el viaje. Nos invitaron a merendar y nos unimos a su pequeña caravana. La conducción en grupo es más divertida que en solitario. Estás pendiente de unos y otros y el camino se te hace más corto.
Al llegar a Sevilla estábamos destrozados, pero orgullosos del esfuerzo y felices por todas las cosas que habíamos hecho (omito mil anécdotas para no cansaros).
En cuanto a las motos, vi una custom que calzaba por trasera una 250 / 40 R18. ¡Qué monstruo! La gente no es tonta, y en vez de naked como yo lleva Touring (las BMW LT o las Honda) o Sport, todas con sus carenados y sus pantallas. Al llegar a casa investigué en internet sobre algunas de las motos que más me gustaron. La Suzuki 1500 de nuestro colega, aun siendo impresionante, tiene sólo 65 CV, así que perdí todo interés por ella. La mejor de las que vi, para mi gusto, es la CBR 1100 XX, una Touring-Sport con 164 CV y pinta de ser bastante cómoda para los viajes. ¿Quizá mi próxima moto?
Los que recibís este mensaje sois o habéis sido moteros o copilotos conmigo. No sé si tendréis la oportunidad de ir a Pingüinos alguna vez, pero, aunque sea masoquista por mi parte repetir, es algo que pienso volver a hacer y que os recomiendo totalmente.
Un caluroso abrazo
jueves, 29 de mayo de 2008
Quejas y Amenazas, Buenas Noticias, Avances Jurídicos, Demagogia, Democracia, Cócteles Molotov y Paradojas.
Cerca de mi casa hay una pintada: “¿Porqué se dejará gobernar la gente?” Leerla me obligó a pensar en la respuesta, mientras tanto un señor mayor bajo un paraguas cochambroso se quejaba a amargamente “…y tol día, y toa la noche… ¡y tool día, y tóoa la noche!”. Lamentaba con cara de hastío las 20 horas de incesante lluvia que al fin llegaba tras tanto rezorio y súplica en pro del agua robada por el cambio climático. A su lado una gorda mujer con su hijo gordo de la mano amenazaba a otra señora con otro hijo, éste tan solo un pelín más ligero: “¡que como tu hijo le diga más veces gordo al mío le denuncio! ¡y que sepas que a la quinta denuncia te echan al niño del colegio!” Y digo yo: ¿dónde habrá quedado eso de “Mira nene: si te dicen cuatro ojos, te quitas las gafas y le das una buena guantá al que te lo haya dicho”?
Buena noticia: En Brasil se acaba de descubrir un yacimiento petrolífero gigante. Inmediatamente las acciones de Repsol en Madrid se han disparado. Muchos accionistas ya hoy son un poco más ricos. Los brasileños siguen, también hoy, con la misma necesidad que ayer… ¿buena noticia?
Avances jurídicos: Debemos terminar con la violencia machista ¡Que lo haga el Estado! Que yo bastante tengo con lo mío! Pues el Estado lo hace así: Hoy en día una agresión cometida por una mujer contra un hombre tiene 3 meses de arresto mientras que si es al contrario, siendo exactamente la misma agresión, la pena es de cinco años de cárcel ¿avances en igualdad?
Demagogia: Hay muchos abogados que, en trámites de separación, recomiendan a sus defendidas que denuncien agresiones falsas de sus futuros ex. La denuncia automáticamente aporta cuantiosos beneficios económicos y de custodia sobre los hijos. Hasta la Inquisición preveía fuertes penas contra las denuncias falsas.
Democracia y libertad: En su nombre se cierran periódicos, partidos, editoriales, escuelas, asociaciones y bares ¿tanto miedo hay a lo que puedan decir o enseñar? ¿no hay ya delitos concretos definidos con los que enjuiciar las personas y sus actuaciones?
Cóctel molotov (receta): Un crimen horrible + Cuatro programas de “actualidad” + La Justicia en la picota + La audiencia dicta sentencia + Linchamientos de familiares = La jauría humana.
Paradojas: El 90% de la gente con la que hablo está convencido de que los políticos les engañan, de que PP, PSOE, PNV, CIU, etc. son el mismo perro con distinto collar. El 78% de los españoles les votaron en las últimas elecciones para que les gobernaran.
Si tanto nos gusta que otros nos solucionen nuestros problemas sin mojarnos. Si las buenas noticias y el desarrollo económico, lo son sólo para los que no los necesitan. Si le dejamos al Estado que limpie con su escoba de púas de acero mi figurita de porcelana. Si propiciamos la presunción de culpabilidad creyéndonos a salvo refugiados en nuestras mayorías. Si la democracia es sólo escuchar las ideas propias. Si la Justicia está en manos de audiencias con minúscula. Y si después de todo ello, le pedimos al que me miente que lo siga haciendo ¿No será que yo también soy un mentiroso? ¿no será que como en mi casa no falta agua, hablar con los profesores de mis hijos es un coñazo, mis acciones también han subido, me va bien con mi mujer, no comparto las ideas prohibidas y no lincho a nadie… simplemente debo sentirme agradecido porque me vaya mejor que a otros?
lunes, 12 de mayo de 2008
A cada cerdo...
—Se me ha puesto más tiesa que la bufanda de Facundo —atinó a decir al verlas aparecer sobre la cuesta empedrada. Un gran alboroto recorrió el bar del Diablo, desde el ventanal en que se encontraba hasta la chimenea del fondo. Sonoras carcajadas y alguna tos convulsa, de mosto atravesado en el gaznate, acompañaron a varios hombres a su lado. —Benditos sudores de noviembre —dijo el Bobas con esa mirada suya turbia y venosa taladrando el cristal que comenzaba a empañarse levemente por efecto de sus alientos a vino joven, recién pisado. El grupo de mujeres entró en el Paseo, llevaban las faldas remangadas y algunas habían desabotonado sus blusas hasta el punto exacto en el que podía adivinarse el nacimiento de sus senos. Al pasar frente a ellos bajaron, coquetas, la mirada, ocultando al mismo tiempo sus escotes con manos trabajadoras. —¡Borrega! —gritó Frascuelo al tiempo que abría la puerta—, ¡Hasta los andares te comía! —añadió sin importarle que su hermana formara parte del grupo. Una bocanada de aire helado hizo temblar la lumbre, y cada cual volvió a su vaso como si no hubiera visto los sabañones o las narices enrojecidas y moqueantes.
—Ésta ya no apaña más castañas —le había dicho Rosario un día como hoy, hace un año. Poco después hizo las maletas. En realidad ya solo la extraña en momentos así, cuando ve una buena hembra. Para aliviarse tiene el Cayoco, aunque allí solo hay extranjeras famélicas que saben a potingue. Rosario olía a campo y le dejaba un regusto salado, de potranca brava y sudorosa. No quiere darle más vueltas, ella no regresará para la matanza y el guarro pesa ya veinte arrobas, así que tendrá que avisar a Facundo. Si no lo hubiera capado para el engorde lo dejaba de verraco. Le hace compañía y limpiar la cochiquera ocupa algunas horas de domingo y se ahorra varios mostos. Pero no, ya ha comprometido los jamones para el dueño de las papas, y lo que sobre se lo ha apalabrado al Diablo, que total es mucho guarro para él solo. Si las castañas no estuvieran a dos duros se desdecía, pero le hace falta vender, por mucho que el guarro lo mire y parezca que le entiende.
—Si escucha lo de la bufanda te saca las tripas —comentó alguien, rompiendo su ensimismamiento.
—Aquí hay un hombre, esperando —respondió desafiante.
El día en que faltó su padre Facundo movió la linde, dejando en su finca lo mejor del castañar, los árboles más grandes, pegados al arroyo. Después de darle tierra y rezar un padrenuestro Jacinto subió a devolver cada mojón a su lugar, decidido a proteger sus propiedades, a pesar de que el dolor y la juventud le atenazaban. Facundo se presentó con el alcalde y un Civil pagado del destacamento de Aracena. —Jacintín, Jacintín —le dijo— ya estás poniendo eso en su sitio. Y le metió dos hostias. Quince años después aún le llama Jacintín, y Cebón, por sus kilos, cuando no está delante. Jacinto remete instintivamente los bajos de su camisa y prende un cigarrillo —Otro mosto, Diablo —exige mientras observa sus uñas renegridas por el trabajo de la mañana.
Facundo se ajusta bien la bufanda antes de abrir. Nunca sale sin ella y solo la cambia, en verano, por un ajado pañuelo. Ha pinchado en la yugular a tantos marranos que necesita protegerse el cuello. Es su única secuela. Para dormir lo descubre, pero como no soporta su desnudez lo envuelve con una mano, como si estuviera a punto de estrangularse. Quiere dejarlo todo organizado, ya es San Martín, así que quita la tranca y sale. El viento frío le corta la cara, pero no sube la bufanda, tiene el rostro endurecido por seis mil jornadas de intemperie. Busca la acera soleada y acompañado de un tintineo metálico en la talega dirige sus pasos hacia el bar del Diablo.
—A la paz de Dios —saluda— ¿Quién va a ser el primero? —pregunta mostrando el gancho y los cuchillos recién afilados.
—Éste —se adelanta decidido Jacinto.
—¡Hombre, Jacintín! ¿Qué ha pasado para que todo un hombre necesite este año matarife? —pregunta Facundo— ¡Ah! Que se te fue la Rosario, no me acordaba ¿No quieres que se te cuaje la morcilla, no? —añade con sorna.
—Para, que me caliento —responde Jacinto acariciando la navaja de su bolsillo— ¿Piensas venir?
—Mañana a las siete, y a ti te cuesta el doble. Lo tomas o lo dejas.
Jacinto aprieta los puños para que no se note el temblor de sus manos y mira al tabernero buscando su aprobación. Diablo asiente, mostrando su intención de pagar bien la chacina sobrante.
—Lo tomo —responde.
Desde la puerta alcanza a escuchar cómo Facundo organiza los turnos:
—Vale, mañana a casa del Capón a matar a un guarro cebón —le oye decir—, ¡Ah, no, que es al contrario! —añade divertido— que no quiero yo decir que se le fuera la mujer por falta de hombre ¿A quién apunto para pasado mañana?
No alcanza a escuchar la respuesta, sólo las carcajadas que siguen resonando en sus oídos cuando entra en la pocilga. Pensaba retirar los purines y reservar el estiércol para las papas, pero se le acabaron las ganas. Se sienta sobre la mierda y enciende otro cigarrillo, chupando antes la punta para darle humedad, sin tomar la precaución de sacudirse primero las manos.
—Mañana al infierno —le dice al guarro, que se tumba a su lado como un perro faldero.
La noche comienza a filtrarse entre los tablones mientras Jacinto, absorto y con la mano en la entrepierna, rememora cada noche junto a Rosario. Quizá unos minutos exhaustos cada diez días, sexo deslavazado, veloz, enfrentando la propia desesperación a la ajena desidia. Revive su marcha mientras aprieta inconscientemente sus testículos y recuerda el corte preciso, casi indoloro, por el que extrajo los del marrano cuando aún era lechón. El frío le atenaza, pero la cadencia del ronquido animal del condenado le sume en un sopor invencible.
El canto de un gallo vecino desvela a Jacinto un amanecer brumoso. El cuerpo húmedo y dolorido reacciona al contacto del agua del abrevadero. Mientras retira los restos de excrementos adheridos a la piel se palpa buscando una tara, algún miembro del cuerpo mordido por el marrano. De niño oyó contar cómo al patrón de su abuelo lo habían devorado los cerdos tras dormirse borracho en la pocilga. No encuentra nada, sorprendido de su docilidad le rasca la carrillera y sale a buscar la botella de anís. Antes de que llegue el matarife ya la ha mediado.
Facundo entra bravo, ensuciando el piso con sus botas embarradas. No tienen nada que decirse, así que terminan la botella en silencio, observándose con recelo. Aún no ha abierto el día cuando se levanta y le dice:
—A ver ese guarro.
Entran en la cochiquera y el marrano se acerca confiado a Jacinto.
—Bien cebado, como el amo —dice desafiante y patea al animal en el morro por el gusto de vislumbrar cuán fuerte será capaz de gruñir cuando le aplique el gancho a la papada.
— ¡Prepara de una puta vez! —exclama furioso Jacinto.
El matarife le da la espalda y lentamente coloca sobre la mesa el gancho y los cuchillos. Se ajusta la bufanda, confiado, mientras valora si todo está en su lugar: herramienta, balde, soplete, picadora,…
Jacinto también ha matado decenas de veces, sabe cómo debe proceder. Ha calculado la distancia y pensado cada movimiento para ser eficaz, con objeto de agarrarlo a la primera y evitar la lucha. Con un giro de muñeca clava el gancho y tira. No chilla mucho, debe haber pinchado bajo, sólo un gruñido sordo, ahogado. Ante la falta de ayuda lo hace caer sin subirlo a la mesa. Con el brazo libre arrastra el balde a su lado, lo pone bajo el cuello y alcanza el cuchillo. Antes de apuntar a la yugular observa sus ojos rendidos, el inútil pataleo, el silencioso reproche de a quien la muerte cogió desprevenido. Apuñala certero y mientras, el puño en el balde, remueve la sangre que cae para evitar que cuaje, observa al guarro hocicando satisfecho sobre la bufanda ensangrentada de Facundo. Ambos se miran estremecidos, pensando, tal vez, que va a ser poca morcilla para veinte arrobas de marrano.
viernes, 2 de mayo de 2008
Mi teoría sobre las bodas (o solicitud de ingreso en la PPK)
Fue un papeleo muy bonito: fuimos en moto, en vaqueros y camiseta, a ver al Juez, sin más testigos que los legalmente necesarios.
A la salida cogimos la moto y nos fuimos (desde Sevilla, donde vivimos) a Granada, a pasar unos días por la capital, la Alpujarra y la Costa Tropical, disfrutando del permiso que te dan en los trabajos cuando cambias de estado civil.
Creo que el hecho de no haber celebrado la boda (y por celebración entiendo convite, disfraces, el atraco de los regalos…) me da derecho a pertenecer a la PPK: Plataforma Pro Koherencia.
En cierto modo, casándome pero sin convite utilicé a mis familiares y amigos como conejillos de Indias para poner a prueba mi teoría sobre las bodas, que así goza de constatación empírica y valor científico.
He aquí mi reflexión.
Para no celebrar nuestra boda, mi mujer y yo tuvimos en cuenta varios factores: que nuestras familias no se conocían (ni falta que hacía), que odio las bodas, que me parecen una catetada y un aburrimiento…
Sin embargo, uno de los motivos que más he criticado siempre es el negocio que suponen las bodas. La gente monta esos tinglados horrorosos (convite, vestido, flores, orquesta, barra libre...) por puro interés económico. Para mí es el mercadeo del amor, puro mercantilismo. Se trata de recuperar con los regalos de la gente el dinero invertido y lo que sobre son beneficios (si encima te ayudan los padres con el convite, como suele ocurrir en las familias pudientes, entonces todo lo recaudado son beneficios limpios y así la gente se monta la cocina, el salón, el pedazo de viaje a las Bahamas, etc.). Antes era más disimulado porque regalabas un objeto que luego veías en casa de los novios, pero luego llegó El Corte Inglés y ya el regalo era el dinero equivalente, porque los novios lo podían cambiar por cualquier otra cosa. Y ahora es que la gente pide directamente dinero y he llegado a ver incluso los 20 dígitos de un número de cuenta bancaria impresos en la invitación de boda. ¡Vaya cutrerío!
Yo siempre he odiado el atraco que supone que te inviten a una boda. Haces el regalo por compromiso y, para no quedar mal, si no puedes ir también haces el regalo, simplemente porque te han invitado (y ellos encantados porque encima se ahorran el cubierto).
¿Adónde quiero llegar? A que mi teoría de que es un atraco y la gente sólo regala por compromiso se ha confirmado a raíz de mi boda. Cualquiera que me conozca sabe que si no he celebrado la boda no es porque no le dé importancia al matrimonio (si no, no me habría casado) sino porque odio ese tipo de celebraciones.
La gente no regala dinero o lo que sea a los novios porque les tenga cariño, porque se alegre de su unión, porque les quiera ayudar voluntaria, libre y altruistamente. La gente regala porque tiene el compromiso de regalar. Punto.
En el caso de la familia de mi mujer, aunque no les ha hecho del todo gracia el que no celebremos la boda, han sido muy respetuosos con nuestro deseo de hacer las cosas así, y tanto sus padres como sus hermanos nos han hecho regalos generosos con la misma normalidad que en bodas anteriores de otras hermanas suyas (todas ellas celebradas a la manera clásica). Es una familia muy bien avenida y no han querido discriminar a su hermana e hija por el hecho de que ésta no se haya querido prestar a un juego con el que no está de acuerdo.
Mi hermana, en cambio, es la mayor confirmación de mi teoría. Lo que le dijo a mi padre al saber la noticia de mi boda fue: "vaya, yo que pensaba haberle hecho un regalo...". Con esa frase queda retratada. Bueno, retratada está desde hace mucho. Si ella se alegra como hermana de que yo me case, lo celebre o no, podía hacer el regalo igualmente. Si no lo hace es porque no le da la gana, porque la no celebración le da la excusa perfecta para no gastarse un dinero que en el caso contrario se habría visto en el compromiso ineludible de regalar.
Y de mis amigos puedo decir exactamente lo mismo. Todos se hacen regalos de boda y me consta que algunos son muy generosos y van mucho más allá de lo que marca el mínimo legal. Ellos estaban avisados con tiempo de cómo y cuándo íbamos a hacerlo. Simplemente les oculté el sitio y hora exactos para ahorrarme sorpresas desagradables de última hora. Alguno ha preguntado: "¿se te puede hacer regalo?" y, lógicamente, mi respuesta ha sido que no. Pero, en realidad, ¿a quién le hace daño un regalo? Me recuerda a una tía que me reprochaba preguntas como "¿te puedo comer el c...?"; su respuesta era: “eso no se pregunta, eso se hace”. El que ha preguntado si yo aceptaba regalo es que lo preguntaba por compromiso, para quedar bien. Eximido de esa obligación por mi respuesta, se queda muy tranquilito y dinero que se ahorra. El que me conozca debe saber que si alguien me hace un regalo de forma espontánea, sin pedir permiso ni preguntar, yo no puedo ofenderme.
Pero, ojo, no es que me sienta decepcionado por las personas que no me han regalado nada. Pienso que algunos de ellos no lo han hecho porque creen que mi deseo es no aprovecharme, como todo el mundo, de la coyuntura de casarme. Y creen bien. Por supuesto, los que me repatean son los que han preguntado lo del regalo y mi hermana, por el comentario que hizo. En cuanto a los que no han dicho ni mu, no tengo nada en contra de ellos.
Simplemente quería compartir mi teoría, que se ha visto confirmada por los hechos, de que la gente (salvo vínculos muy estrechos que sólo se tienen con dos o tres personas en la vida) no opera movida por una generosidad espontánea innata, sino por puro compromiso. Y esto hace que me alegre mucho más de no haber celebrado mi boda porque veo con claridad que si lo hubiera hecho mi casa estaría llena de objetos (o mi cuenta corriente de ingresos) manchados por la hipocresía de gente que no es que hubieran tenido un detalle bonito conmigo sino que se habrían visto, contra su voluntad, en la obligación moral de quedar bien porque no les quedaba, debido a los usos sociales, otra alternativa.
Así que si queréis regalar algo a alguien porque os sale de los cojones, hacedlo ya, sin fecha señalada ni excusa alguna. A la sorpresa del destinatario se unirá vuestra íntima satisfacción.
A mí cualquier día me denuncian por matrimonio de conveniencia: cuando inscribí a mi hija en el Registro Civil no sabía ni nuestra fecha de matrimonio ni la fecha de nacimiento de mi mujer.
¡Bastantes ataduras tiene esta vida como para tener compromisos con la gente a la que queremos!, digo yo.
miércoles, 23 de abril de 2008
Recortes de Pasión

Los candidatos a formar la nueva Junta protegidos de la Duquesa afirman que tocará la Antigua Banda de Tambores y Cornetas de la “Coronación” (de espinas, claro.) De no ser así, la Duquesa retirará su propuesta de ampliación de la “Iglesia Sede” y la erección de la segunda torre (retirando igualmente la aportación económica para realizar dicho proyecto, por supuesto). La Sección Juvenil ha contestado agriamente, declarando que de no ser elegida la Agrupación Musical del Buen Suceso, seguramente no podrán sino boicotear el estricto orden de papeletas de sitio de los hermanos de luz, amenazando con desplazarse en la fila durante la propia Estación de Penitencia hasta las inmediaciones del Cristo, quizás antes de que el paso vaya a hacer su entrada en la Carrera Oficial.
Después de escuchar estas declaraciones y ante el osado desafío de los cofrades, el Hermano Mayor del Paso del Congojo, Faustino Narváez, a sus 67 años de edad, sufrió un infarto repentino, teniendo que personarse en la Casa de Hermandad los Servicios de Urgencia, quienes consiguieron reanimarlo después de administrarle severas dosis de palo cortao que, muy a regañadientes eso sí, tuvo a bien ceder el Padre Claret a los del cero sesenta y uno, porque el nada tiene que ver con la Cofradía, que ni eso es religiosidad popular ni nada de nada, sino un enorme ejercicio de soberbia y despilfarro contrario al ideal de pobreza de la Iglesia y bla bla bla.
[...]
Nunca dejará de parecerme enormemente apropiada una expresión que leí en alguna parte (quizás en un antiguo número de Alto Guadalquivir) y que se refería a la calle Millán de Priego como “de rancio sabor jaenero...” , especialmente un Martes Santo por la tarde...Es un río negro de asfalto entre dos orillas plagadas de expectantes y voluntarios náufragos, un público medieval en el siglo XXI, que hace hora devorando pipas, apurando cigarrillos, levantando la voz, y empujándose para ganar sitio, disfrutando casi más de la espera que de la propia función, la cual está a punto de comenzar.
Los tambores hacen retumbar los acelerados corazones de todos esos bebés en brazos de sus padres, estallando en espantosos llantos, quién sabe si por la Pasión de Jesús, o la Amargura de María, su madre... Hace rato ya que la Cruz de Guía pasó de largo, y ahora la chiquillería se afana por conseguir una estampita del Cristo o de la Virgen, que aunque no muy agraciada (a mi nunca me gustaron las tallas de miriñaque) es la Virgen del barrio, y bien vale su imagen unas monedas de cobre.
A la altura del Pilar del Arrabalejo Jesús vuelve a caerse camino del Gólgota. Y entonces, no sé por qué en ese preciso instante, recuerdo tantos Martes Santo asomado a la ventana para ver esa fila de caperuces de terciopelo rojo, para oler ese batiburrillo de perfumes en el aire, a cera, nicotina, incienso, clavel y extractor de humos, porque en Millán de Priego está el Bar Mosquito, y Calzados Mora, y Bodegas Navarro, y otras reliquias de Barrio que no entienden de ensanches, ni de centros comerciales, ni de marcas, ni de Halloween. Pero sí entienden del pueblo, de su gente, de sus fiestas y su fe, por absurda que parezca a otros hoy; y el dueño cierra sus puertas al paso del Cristo de la Clemencia, para poder presentarle su respeto y su silencio, en una íntima plegaria por los suyos...

Doscientas cincuenta mil pesetas. Ese ha sido el importe que ha tenido que pagar la Buena Muerte para cubrir por primera vez el paso del Cristo de más de doce mil claveles rojos, los cuales han sido cuidadosamente colocados hasta la tarde del Martes Santo, terminando un poco antes de la celebración de Misa Crismal. Este año, sin embargo, el eje de la polémica será el estreno de una serie de enseres de plata y algún estandarte (incluyendo un bordado de oro con un impresionante cordero pascual) que han “aparecido” en unas dependencias recientemente rehabilitadas en el templo catedralicio y que temporalmente ocupa la cofradía, mientras se siguen prolongando las obras de su Casa de Hermandad, sita en la Calle Maestra. Según algunos cronistas de la capital y archivistas pertenecientes al propio Cabildo, no resulta comprensible cómo una cofradía que ya ocupa una Capilla del templo, amén de otras estancias, puede disponer a su antojo de los tesoros artísticos de la Catedral, poniendo en peligro obras de arte de incalculable valor. Otros van más allá, acusando a “esos falangistas” de “expolio y robo”, contando además con “el beneplácito de un Obispado que dispone de los bienes de la Iglesia y la Ciudad para adquirir favores, quién sabe si incluso personales...”
[...]
La plenitud de la luna ya se dibuja oronda en el lienzo negro del cielo de Viernes Santo. Ese magnífico contraste que un día iluminara la huída del pueblo judío, sirve ahora para indicarnos que se ha detenido el tiempo, y que mientras unos comen cordero y amargas hierbas, celebrando la liberación de su pueblo, el nuestro se prepara impaciente y bullicioso para recibir a su libertador en la madrugada más importante del año.
Un año más, quizás faltamos alguno, aunque no llegamos siquiera a recordarlo... Todo está igual, los árboles enrejados, el gitanillo en lo alto de la puntiaguda verja de la Catedral, luces que se apagan y la enorme puerta verde del Perdón que empieza a retorcerse provocando gran agitación en la muchedumbre, previa al delirio... “ Ya sale , ya sale”. Y mientras se organiza ese caos de cíngulos amarillos y negras túnicas, comienzan a resonar en nuestros oídos las notas del Maestro Cebrián, y casi acompasamos moviendo la cabeza al ritmo de la partitura, cuando un empujón nos devuelve a la Plaza Santa María, y nos damos cuenta que la banda sigue dentro del templo y que lo único que se oye es el murmullo de la gente, que cuenta chistes, que encuentra a viejos amigos que hacía años que no veía, que abraza a la persona amada, como cuando se van a ver unos fuegos de artificio, el último día de feria...
“¿Y tú..? ¿A dónde vas a estas horas?” “¿Yo? A ver a Jesús...”
Ahí está Jaén entero, niños y mayores que se hacen niños para esperar a su Abuelo.
Qué noche tan misteriosa cuando Jesús baja el Cantón entre luces amarillas y el lamento de saetas...! Qué enigmática mirada bajo el peso de la cruz...! Qué historia de ángeles que esculpen tallas en unas horas...! Qué estampa su alargada sombra sobre la fachada blanca de la Catedral...
Ahi vá, Jesús, bajo el Arco San Lorenzo, con su cansino paso y su preciosa marcha. Ahí va, Jesús, camino de un calvario que nunca consigue alcanzar...
domingo, 20 de abril de 2008
Una de géneros musicales
Como allí, por restricciones del formato, no tengo la libertad que aquí sí de expresar pensamientos aleatorios, voy a usar el privilegio de poder escribir en este blog para hacer un par de reflexiones.
Hip-hop / rap: En general son sinónimos, pero hay un matiz. Rapear es esa forma de cantar hablando, normalmente con un fuerte peso de la rima y del ingenio de los versos. El hip-hop es un estilo de música que casi siempre viene acompañado de un rap, pero no necesariamente. Conozco algunos temas de hip-hop instrumentales, caracterizados por las bases y los scratches, con ausencia total de vocalistas. Por tanto, ni todo el rap sería hip-hop (podríamos hablar de rap siempre que un rapero cante, aunque sea en un tema de jazz o de nu-metal) ni todo el hip-hop es rap (por los mencionados temas instrumentales que entrarían en la primera categoría pero no en la segunda). Al margen de esta sutileza, ambos nombres se pueden usar como sinónimos prácticamente siempre.

Downtempo / ambient: El downtempo se refiere a un ritmo: ritmo lento. El ambient se refiere a un estado de ánimo, una atmósfera. La concomitancia deriva del hecho de que la mayoría de las veces esa atmósfera se obtiene mediante un ritmo lento, en cuyo caso ambos vocablos serían prácticamente sinónimos. Ahora bien, decir que algo tiene un ritmo lento implica reconocer que tiene un determinado tempo. Existe un ambient carente por completo de ritmo (beatless music). En ese caso sería improcedente hablar de downtempo. El ambient está emparentado con el field recording, es decir la captación de sonidos de la naturaleza o de un entorno determinado (una calle bulliciosa, una fábrica) y no necesariamente busca la relajación: hay un subgénero denominado illbient, que se caracteriza por ser un ambient maligno.

Jungle / drum'n'bass: Éstos también son sinónimos. Aun así, quizá el DNB sea simplemente un ritmo a base de un bajo y una batería sincopados, técnica que puede presentarse en cualquier canción de cualquier artista y estilo, mientras que el jungle es una corriente específica, muy underground, que se concreta en una época y lugar determinados. Todo el jungle sería drum'n'bass, pero no todo el drum'n'bass sería jungle. Por ejemplo, el drum'n'bass brasileño, que es bastante bueno, por cierto, no sería jungle.
Thrash-metal / speed-metal: casi siempre se usan indistintamente. Quizá al decir speed-metal estemos destacando más la velocidad de vértigo del punteo de las guitarras y al decir thrash nos refiramos más bien a la contundencia de la batería. Metallica serían más bien speed-metal, con un sonido limpio y Slayer harían un thrash-metal demoledor.
Supongo que todas estas disquisiciones os la pelan, pero ahí lanzo el guante por si alguien quiere entrar al trapo, a favor, en contra o matizando, o bien aporta otras parejas de géneros casi idénticos (a mí, en principio, no se me ocurren más).
martes, 8 de abril de 2008
El cochecito leré
Martín era un tipo, de esos de nariz afilada y sonrisa permanente, que hacía temblar a sus amigos con sólo mencionar que pensaba estrenar coche.
Quizá nunca había utilizado el mismo más de dos años, debido al placer que le producía enseñar su última compra, —y porque me sobra el dinero, qué cojones— había dicho en numerosas ocasiones, como si tener pasta y ganas de exhibirla fuera una razón de mayor peso que el disfrutar de la conducción más que de cualquier otra cosa en el mundo.
No se conformaba con decir —a que es vacilón—, —va de narices—, o, —consume poquísimo, es un mechero—; sentía la necesidad de enseñar hasta el último detalle, de explicar la utilidad de hasta el más extraviado botoncito, llegaba a aprenderse de memoria la ficha técnica y le sacaba de quicio que su amigo de turno no comprendiese el significado de absurdas siglas como ESP o HDC, o que no conociese cualquier otro modelo de la misma gama con el que pretendía compararlo, en prestaciones, consumo, seguridad,… como si fuese una revista de automóviles el muy cabrón.
Además se empeñaba en probarlo, como si pensara que nadie sería capaz de admirar su compra sin ver el velocímetro con la aguja pegada al doscientos. Así que cada cierto tiempo, cumpliendo con su rutina, entraba con un nuevo acompañante en la autopista y pisaba a fondo el acelerador mientras explicaba el número y situación de los airbag —el muy cenizo. Y el acompañante ocasional siempre igual, con los nudillos blancos por la fuerza con que se agarraba al asiento, como si eso pudiera salvarle en el hipotético caso de que a Martín se le pasara por la cabeza probar en ese momento la seguridad del coche chocando frontalmente a doscientos kilómetros por hora; y sobre todo deseando que terminara la demostración y que se arruinara de una vez para no tener que vivir el mismo suplicio cada año y pico.
Martín llamaba a sus amigos y propiciaba encuentros con las excusas más nimias, con el único objetivo de cumplir con la tradicional demostración del coche nuevo. Cada noche iba tachando mentalmente de su lista a los que ya habían sufrido la charla y la prueba de rigor, y descolgaba nuevamente el teléfono para hablar con cualquiera de los que quedaban pendientes —cuánto tiempo sin vernos, ¿una cervecita y nos ponemos al día?—.
Cuando más disfrutaba era al acabar con la lista de amigos, entonces empezaba con la de conocidos, que entraban más fácilmente en el juego y demostraban mayor entusiasmo, con esa carita de envidia, los pobres.
Enrique pertenecía a esa segunda lista. Hacía mucho tiempo que no se veían, y Martín estaba seguro de que había aceptado su invitación a tomar unas tapas por el mero hecho de no tener que inventar una excusa —era tan apocado. No comprendía cómo hubo un tiempo en que llegó a relacionarse habitualmente con él. Le ponía enfermo charlar con alguien que nunca tenía nada que contar, que era incapaz de decidir lo que quería hacer y que se sonrojaba hasta al pedir la cuenta en una cafetería. Su mujer era diferente, demasiada mujer para Enrique, hermosa, alegre, desenvuelta. Había vivido mucho, incluso había perdido la primera falange del segundo dedo del pie derecho en uno de sus viajes, lo que para Martín le concedía un erotismo muy especial, porque la perdió en la boca de una piraña mientras nadaba en el Amazonas, lo que para él constituía la única forma digna de perder una falange, bueno quizás junto a perderla escalando en el Himalaya, eso sí, sólo en el Himalaya. Mercedes era para él una promesa de aventura, de vida loca, y no podía concebir que compartiera su vida con un tío como Enrique. Así que para él era importante enseñarle su nuevo coche, porque era una forma de decirle ‘aquí estoy yo’, de dejar claro que le gustaba el riesgo, la velocidad, y que un mierda como Enrique nunca podría ser un hombre como él, por mucha mujer que tuviera; —voy a acojonarte, vas a ver lo que es correr—, seguro que pensó.
Enrique, con su permanente cara de atolondrado, tocaba todos los botones con sus pulgares mientras mantenía firmemente sujeto el volante —parece una nave espacial—, decía mientras escuchaba atentamente las explicaciones que Martín le ofrecía desde el exterior de su flamante coche. Martín empezó a modular la voz, haciéndola más grave, cuando llegaba a la parte más espectacular de su demostración. Metió la cabeza por la ventanilla abierta y tecleó en el navegador la dirección de Enrique, mientras decía —ahora esta maravilla nos va a llevar solito a tu casa—. Enrique, incómodo, fijó la vista al frente mientras Martín rodeaba el coche para sentarse junto a él. De improviso, con un rápido movimiento, subió las ventanillas y bloqueó el acceso al coche. Martín, afuera, sonreía con una expresión de sorpresa, como preguntándose — ¿qué hace este loco?—. Una cara de horror borró su sonrisa al ver a través del cristal cómo Enrique, con toda la parsimonia del mundo, se bajaba los pantalones. Se puso en cuclillas, acomodando su espalda en la parte superior del asiento, y apoyando sus rodillas sobre el volante, y sin ninguna prisa, como si estuviera en su casa, cagó abundantemente, una buena cagada con generosa meada incluida. Martín golpeaba el coche desencajado, viendo cómo, sonriente, se subía los pantalones y aprovechaba para salir corriendo por la puerta que le quedaba al otro lado. Mientras era perseguido entre gritos de — ¡hijoputa!, ¡envidioso!— Enrique pensó que nadie sabría nunca que no sólo le había molestado que Martín conociese su nueva dirección, lo que le enfadó de verdad fue adivinar sobre la luna delantera las huellas casi imperceptibles de dos hermosos pies, separados una erótica distancia frente al asiento del acompañante, y sobre todo que el segundo dedo del pie derecho no hubiese dejado su huella. Porque —qué demonios— él quería a Mercedes, y además siempre había sido envidioso.