viernes, 19 de septiembre de 2008

CALAMARES CON GUINDILLAS

Después de tanto rollo primavera hundido en prefabricada salsa agridulce, que la llaman así por la cara de amargado que se te queda después de comerla, Hay demasiada gente que opina que la cocina china es mezquina.
Sin embargo, todos sabemos que la más exquisita obra de Nuestra Cocina, el inigualable huevo frito, puede transustanciarse en esa cosa con forma de huevo y que, proveniente de alguna apestosa granja de gallinas esclavas, plasticosamente te han servido frita en aceite de diossabequé y acompañada por una rodaja de bimbo.
Si tal sacrilegio ha merecido alguna vez, al menos una pequeña muesca por tu parte. Si crees que también hay jamones malos, y que existen las hamburguesas a las que no se les puede hincar el diente… ¿no crees que deberíamos darle una oportunidad a la cocina china? Una cocina milenaria, practicada y disfrutada por miles de millones de personas, que a través de generaciones supieron aprender sobre lo que les sentaba bien y mal. Una gastronomía crecida a la luz de filosofías que nos hablan de equilibrio, con nosotros y con el exterior, de elementos diferentes que contrastan y se complementan, que se juntan pero se respetan continuando libres. Efectivamente, es la antípoda del potaje (Igualmente delicioso, por otra parte)





Ingredientes



Calamares muy frescos, Col china, Guindillas. De cantidades no hablo, porque es de pobres y porque es intrascendente para la calidad del plato. Aunque debemos tener en cuenta que estamos en la comida del YING y el YANG, por lo que es recomendable hacer un pato equilibrado, donde las verduras semi-crudas tengan un protagonismo especial, pero, sobre todo, equilibrado a nuestros gustos. (y si no te gustan las verduras ¡qué le vamos a hacer! Aunque harías mejor en que te gusten, Créeme, es una cuestión de actitud, que aptos somos todos)
Para la salsa necesitaremos uno o dos pares de cuharadas de Salsa de Soja (ésta es toda la sal que va a llevar el plato), una de Mirin (o azúcar de caña), media de pasta de camarones (o de huevas de atún en salazón), una generosa cucharada de generoso oloroso seco (el Río Viejo de Domecq es seguramente la mejor opción por su precio y calidad), una cucharadita de aceite de sésamo, el zumo de medio limón y un buen pedazo (ej:2cmx2cm) de jengibre rallado (los hipocondríacos absténganse de usar jengibre, vaya a ser que se les suba la glotis a la nariz y les provoque una dilatación excesiva del HARA).
Si tienes dificultades para encontrar todos los ingredientes, puedes prescindir de ellos, lo realmente importante es la forma de cocinar y cómo recogeremos al final el aroma de los salteados en la salsa. Cada uno de los ingredientes de la salsa aporta un matiz diferente del que se puede prescindir pero que se agradece, si pruebas varias veces suprimiendo unos u otros, podrás experimentarlo por ti mismo. En mi opinión sólo son realmente imprescindibles la salsa de soja y el jengibre, aunque a algunos les cueste.




Mise en place




Lavamos unas cuantas hojas de col china (si no la encontramos podemos hacerlo con col normal) y las cortamos en trozos grandes. Ya sabéis, trozos de bocado, que esto hay que comerlo con palillos. Ahora un pedazo de col, luego uno de calamar, guindilla para animar el espíritu, col para refrescarlo, calamar chicloso, col crujiente y cálida guindilla.
El calamar se debe abrir y hacer una cuadrícula fina con el cuchillo sobre la parte exterior (así los trozos se rizarán al cocinarlos, quedando los cuadrados abiertos hacia afuera), sin llegar a atravesarlo. Una vez hecho esto lo trocearemos. Ya sabéis, tamaño bocado.
Las guindillas serán mejores cuanto más carnosas sean. Les quitaremos las membranas y las semillas para que no piquen en exceso. También se puede combinar el uso de pimiento dulce y guindilla pero teniendo en cuenta que si la diferencia de grosor es mucha, tendremos que saltearlos por separado, por aquello de no pasarnos con el débil.

Mezclamos en un bol todos los ingredientes de la salsa



Superfastfood Finish



Salteamos las guindillas con una cucharada de aceite durante muy poco tiempo. ¿A que jode? …MUY poco tiempo… ¿y qué quieres que te diga si no lo he medido nunca? Estas cosas se ven; hay que mirar las guindillas, tienen que calentarse, incluso adquirir algunas manchitas de ligero tostado por el fuego fuerte. Apartamos y salteamos los calamares. Igual, fuerte y con movimiento. Muy poco tiempo, los calamares son algo con lo que es casi imposible quedarse corto pero muy fácil pasarlos. En el momento en que pierden esa “translucidez” característica, ya nos estamos pasando (siempre están pasados después de dos minutos en la sartén). ¡FUERA! ¡Quédate encima de las guindillas! Que ahora le toca a la col (hablarle a la comida no es de locos, es de apasionados). La col es al revés, cuando comienza a transparentarse, ya se nos ha ido de madre. ¡Fuera tú también! Con el calamar. Que ahora voy a echar la salsa sobre la sartén, separándola del fuego si está demasiado fuerte, dejando que la salsa densifique un poco. Es el momento de devolver a calamar, col y guindillas a la sartén. Mezclamos durante unos segundos y servimos…

ON EGIN (que aproveche, baina euskaraz)

jueves, 11 de septiembre de 2008

CITAS Y USOS. Usando citas.

Este texto es una traducción-adaptación de Porrito de un artículo de Anjel Lertxundi.


“No sabemos lo que nos está ocurriendo y eso es, precisamente, lo que nos está ocurriendo”. Se trata de una frase de Ortega y Gasset que la hija favorita de Aznar, la Fundación FAES, ha utilizado para denunciar la política económica del gobierno.
La FAES y la derecha española intencionadamente usan a Ortega. La izquierda, a Machado. Zapatero, a Antonio Ramoneda. Los que quieren escribir sobre el euskera, a Koldo Mitxelena. Los “urbanitas” vascos, a Bernardo Atxaga. Los que defienden el hedonismo, a Walter Pater, y si además quieren hablar de belleza, a Oscar Wilde. Los que a oídos de otros pretenden susurrar compromisos éticos, a Albert Camus…

Fácilmente podríais continuar ampliando esta lista de “usos”

Nuestro diccionario otorga al verbo usar, como primera acepción, la de “Hacer servir una cosa para algo”

De que todos los “usos” de nuestra lista sirvan para conseguir ese “algo” no podemos estar seguros. Pero sí podemos estarlo de que uno no debe apropiarse de lo ajeno en beneficio propio.

Sí podríamos decir que bien empleada está una cita usada para ilustrar nuestro discurso, o para mejorarlo, o para contraponerse a ella.

Pero también podemos afirmar que el nombre del autor de la cita engorda nuestro discurso, hasta el punto de que dé igual lo que realmente quiera decir la misma. Lo importante es el Nombre.

No puedo dejar de ver algo de moho en la patrimonialización de los grandes nombres. Si son grandes es porque fueron libres, y porque sus pensamientos se sobrepusieron día tras día a la adversidad.

CONFUCIO: “El sabio busca lo que desea en su interior; el no sabio, lo hace en los demás”.

Y con esta cita de Confucio quedo desnudo ante vos.






lunes, 11 de agosto de 2008

Heroína sí, alcohol y tabaco no

Nota: este relato es totalmente ficticio y su autor censura el consumo de todo tipo de drogas.

El destino quiso que cambiara el lujo de los despachos por un mugriento almacén, la chaqueta y corbata por un forro polar hasta en verano (el almacén estaba todo el año a dos grados) y los balances de sumas y saldos por la carretilla, el grupo electrógeno y los evaporadores, que no te veas el coñazo que da la escarcha que se forma cuando abres la puerta y entra de golpe una masa de aire treinta grados más caliente que el interior de la cámara.


Por suerte, el enfrentarme con todo aquello no fue como mozo de almacén por haberme estrellado profesionalmente sino todo lo contrario: me hicieron máximo responsable de aquel tinglado y tenía que mamar la primera línea de fuego para poder tomar decisiones importantes.


Eso hizo que mis dos años en aquella nave fueran de los mejores de mi vida profesional: gente llana, que por otro lado son más listos que el hambre (¿quizá porque la pasan?), situaciones nuevas, cuestiones técnicas que suponían todo un reto para mí, y sobre todo una evasión de ese mundo artificial en el que hay que ir bien arreglado, cuidar el vocabulario y temer más que a nadie al que más sonriente te mira.


Fue en el almacén donde conocí al Flores. Él entró por ETT como mozo de almacén cuando yo llevaba casi dos años allí, había cumplido con mi cometido y estaba a punto de volver a los despachos inmaculados con gran dolor de mi corazón.


Desde el primer día consideré un hallazgo el fichaje del Flores. Coincidió que nuestro Pepe de toda la vida estaba de vacaciones cuando él entró y Flores se lució reparando en cinco minutos cosas que Pepe había tenido abandonadas durante años: desagües que goteaban, interruptores que no encendían, puertas que no cerraban...


La voz aguardentosa del Flores era casi cómica y aunque su aliento apestaba a alcohol no olía mal del todo: a mí me olía a vino, por lo que supongo que él bebería otra cosa que se transformaba en vino al mezclarse con sus jugos gástricos.


Cuando Pepe volvió de vacaciones prescindimos del Flores, que por tanto estuvo con nosotros algo menos de dos semanas, tiempo suficiente para darme cuenta de su valía humana y profesional, por lo que me quedé con su número de teléfono para futuras colaboraciones.

Al cabo de unos meses, cuando ya estaba totalmente centrado en mi nuevo proyecto de oficinista, y a raíz de planear una reforma en casa llamé al Flores para ver si le interesaba ese pequeño trabajo de albañilería y quedamos para enseñarle mi casa y tomarnos una cerveza.

El trabajo le interesó y en breve lo acometeremos, pero lo más interesante fue conocer a ese pedazo de persona con la que tuve una química brutal desde el primer momento, a pesar de que nuestros orígenes, trayectorias e incluso ideología no podrían ser más dispares.

Estoy convencido de que es posible aferrarse a lo que nos une con otros mortales y obviar lo que nos distancia de ellos, por muy relevante que pueda parecer eso que nos separa.

Resulta que el Flores había estudiado en el mismo Colegio de jesuitas que yo. ¡Joder, qué casualidad! Claro que aquello fue en 1978, cuando yo estaba en 3º de EGB y él en 1º de FP y él sólo duró un año allí: los dos primeros trimestres sacó una media de notable pero después lo crucificaron tras decirle a un cura que él no creía en Dios. A partir de ese momento le empezaron a llover los suspensos y terminaron echándolo ese mismo año.

Por supuesto el Flores había conocido mi antro favorito: la Farándula, lo más underground de mi ciudad, donde estuve dos años pinchando música.

Y hablando de música estuvimos varias horas: que si La Polla, Cicatriz, Eskorzo, Eskorbuto, La Banda Trapera del Río, Deep Purple, Pink Floyd... Teníamos gustos muy parecidos, por lo que pronto caimos en una gran complicidad, que nos llevó a sincerarnos en otras áreas.

Para más INRI, aunque muchos años antes que yo, el Flores también se había casado por lo civil, sin celebración ni disfraces y se había ido de viaje de novios a Granada, ¡igual que yo!

Él también era padre de una sola hija, sólo que la suya tenía 18 años y la mía 10 meses.

Como en política él era más rojo que un coche de bomberos y yo ahora me declaro radicalmente liberal y de derechas pensamos que nuestra conversación, al menos a esas alturas de empezar a conocernos, sería más productiva si saltábamos a otras materias en las que tuviéramos más coincidencias que discrepancias. Con todo, también en política había una gran coincidencia, sobre todo a la hora de criticar al Gobierno y censurar todo tipo de totalitarismo (incluido el mediático), la hipocresía y la corrupción.

Yo creo que ser de derechas o de izquierdas es algo visceral, no racional. No puede explicarse, es como ser del Betis o del Sevilla, de la Macarena o de la Esperanza de Triana. Nunca vas a convencer al otro de tus ideas, por muy claras que las tengas y muy razonado y persuasivo que llegue a ser tu discurso.

Por tanto, como no conducía a nada en ese momento enzarzarse en estériles discusiones políticas, empezamos a hablar de drogas.

Él decía que fumaba porros de vez en cuando. A veces tenía él, a veces su hija, y se lo pasaban mutuamente. Esa sinceridad y complicidad paterno-filial me pareció entrañable. El Flores estaba muy orgulloso de su hija. Cuando ella tenía 12 años el Flores se separó de su mujer y los jueces le dieron a él la custodia de la niña, por lo que la había criado solo en los años más complicados. El Flores contaba con toda naturalidad cómo en verano tanto él como su hija se paseaban por la casa en pelota picada, ya que eso para ellos era lo más cómodo y natural.

De esnifar pasamos los dos, aunque reconocemos haberlo probado mil veces. La farlopa está tan extendida que se me antoja de una vulgaridad supina. "Raya" equivale a dosis de cocaína en el Diccionario de la RAE (acepción nº 11). Meterse una raya es tan zafio como ver Operación Triunfo.

Además, no nos gusta el efecto agresivo y acelerador de la coca, ni el perfil de su consumidor medio, ni la molestia de tener los capilares nasales reventados y sangrantes.

En cuanto a drogas más duras, yo había tenido un hermano heroinómano y politoxicómano ("redondo" en el argot del Flores), que sólo se había podido salvar de la cárcel o la muerte (únicas opciones del enganchado al caballo) gracias al lavado de cerebro que le hicieron en aquella secta evangélica. Le dije al Flores lo de siempre: eso le pasa a un hermano no drogadicto y lo consideras una desgracia; le pasa a un deshecho humano al borde del abismo y dices que ha sido una bendición.

Entonces el Flores me confesó que él también había estado en un centro de desintoxicación, pero no por las drogas sino por la "priva", pues al morir su padre justo un año después que su madre llegó a beberse una botella de ron a palo seco de un trago como cosa habitual (estaba claro que aquel timbre de voz se lo había ganado a pulso y con gran esfuerzo).

La experiencia del Flores en ese centro duró apenas media hora. Lo recogieron en su casa, a cien kilómetros del centro al que lo llevaban. Se tomó un café en un bar con los dos colegas que lo recogieron, que estuvieron explicándole las condiciones de su ingreso, que al Flores en principio le parecían bien. Mientras tenían esa conversación el Flores había puesto encima de la mesa del bar los tres o cuatro libros que había escogido como lectura para aquellos primeros y duros días de desintoxicación. Los dos coleguitas no le dijeron nada sobre la lectura, pero cuando llegaron al centro le quitaron los libros y le señalaron la Biblia que estaba sobre la mesita de noche de su habitación.

Eran las tres de la mañana y el Flores dijo que quería desintoxicarse, no convertirse al cristianismo ni renunciar a su libertad de pensamiento. Les pidió que lo llevaran de vuelta a su casa y los "hermanos" sólo accedieron a dejarlo en la estación de autobuses más cercana, donde tuvo que pasar la noche a la intemperie y a la mañana siguiente mendigar el importe del billete, pues no llevaba un céntimo encima.

No, el Flores no era un enganchado de las drogas. Él lo había probado todo, menos en vena, que le daba repelús. Sí había pinchado a sus amigos con mono que no atinaban a las venas, por caridad, y sabía lo chungo que era aquello.

Y de la priva se desenganchó él solito. El centro de desintoxicación le enseñó mucho, en muy pocos minutos, sobre la vida y con esa lección aprendida no le costó mucho dejar de beber.

Ya que nos habíamos sincerado tanto el Flores me contó su experiencia en la cárcel, de sólo quince días, aunque para él fue un purgatorio infinito, por haberle zurrado a unos picoletos. Curiosamente la paliza se la dio en un puti-club, donde él no estaba como cliente (jamás se ha ido de putas, lo cual le honra enormemente) sino como currante.

También me contó sus múltiples oficios aprendidos: en matenimiento de piscinas, como jardinero, electricista, fontanero, albañil...

Cuando ya habíamos llenado la panza e íbamos por la tercera o cuarta cerveza fui yo quien le propuse darnos un homenaje en mi casa para escuchar buena música y él propuso que nos drogáramos con algo que yo no había probado nunca: crack en plata.

Él tenía su bicicleta en las tres mil y tenía que ir a recogerla antes de que sus "amigos" la vendieran para meterse droga. De paso tenía que comunicarle a una señora que a su hijo lo habían detenido y metido en la cárcel. Aprovechó ese viaje para comprar 20 euros de crack.

Yo empecé a alucinar con todo lo que estaba viendo y viviendo, pues mi hermano era 9 años mayor que yo y yo era muy pequeño cuando él se metía, por lo que todo lo que hice y presencié en las horas siguientes era nuevo para mí.

El coche que llevamos a las tres mil fue el mío (el Flores, como digo, se mueve en bicicleta). Había decenas de furgones policiales por todas partes y yo no sabía cómo el Flores tenía valor de ir a comprar droga en mitad de esa desmedida presencia policial.

En cuanto el Flores bajó de hacer su "gestión" y se subió a mi coche un coche patrulla se abalanzó sobre nosotros obligándonos a bajar despacio del vehículo y con las manos en alto, como si fuésemos unos vulgares delincuentes.

En ese momento el Flores me tranquilizó diciéndome que no me preocupara porque no había podido pillar.

Los maderos nos hicieron vaciarnos los bolsillos muy lentamente, tuvimos que poner las manos encima del coche, nos cachearon minuciosamente y nos hicieron quitarnos los zapatos y los calcetines.

Con nuestros DNIs y la matrícula del coche hicieron pesquisas en su central, que confirmó que estábamos limpios. Inspeccionaron el vehículo a fondo. No encontraron nada. Para mí lo más sorprendente era la tranquilidad del Flores. Lo primero que preguntó el madero fue "¿qué, venimos de pillar, eh?" y la respuesta, sin inmutarse, del Flores, fue que sí, pero que no había conseguido nada. Con dos cojones.

Uno de los dos polis, el más joven, parecía muy cabreado por no encontrarnos la droga encima y al final nos dijo que por esa vez nos habíamos librado.

El Flores se veía muy desenvuelto en esa situación, pero para mí era algo totalmente nuevo y francamente desagradable.

Al doblar la primera esquina el Flores me enseñó sonriente las tres bolsitas que había pillado. ¡Hijo de puta! No sólo se había cachondeado de los polis sino que, muy hábilmente, me había mentido a mí antes para que yo no me pusiera nervioso. El tío es un genio. Entonces me contó que eso era muy fácil, que lo jodido es cuando te llevan a Comisaría y te hacen desnudarte por completo (en plena calle, lógicamente, no pueden hacerlo). Me dijo que él en una ocasión había escabullido siete gramos en la Comisaría, aun desnudo.

El menú para esa tarde eran dos dosis de base (cocaína tratada, que no sirve para esnifar) y una dosis de heroína. Me sorprendió que la heroína sólo costara 4 euros (los otros 16 eran para la base, a 8 euros la dosis), sobre todo cuando nos cundió para siete largas horas de conversación ágil y deleite musical.

Otro dato curioso fue que el trozo de papel de plata se adquiría fácilmente en cualquier quiosco de chucherías de las tres mil al módico precio de 20 céntimos. Ciertamente práctico, pues no me veo a ningún yonki entrando en el super para comprar un rollo de 32 metros de papel aluminio.

El ritual del Flores aliñando la droga era para verlo. El crack se fuma con mucho cuidado, inclinando bastante la plata, dejando que esa gota de color marrón oscuro fluya con rapidez de un extremo a otro de la plata mientras se le da calor por abajo con el mechero, pero dejando la llama siempre ligeramente detrás de la gota, lo que requiere una gran pericia, dado que la plata tapa la llama, es decir que tú ves la gota, no el mechero.

Por lo visto es muy importante que no caiga ninguna gota de sudor sobre la droga, ni ninguna otra sustancia, ya que la echaría a perder. Tampoco puede arrugarse el papel plata ni puede pegarse demasiado el turulo de plata a la gota ni debe calentarse en exceso el crack. Lo que no entiendo es cómo un yonki puede tomar todas esas cautelas si se pone a fumar drogado o con mono. Supongo que con práctica terminan haciéndolo mecánicamente con un vicio que te cagas, igual que cuando yo he conducido mi moto de 120 caballos borracho como una cuba y pudiendo a duras penas subirme encima de ella.

Para mitigar los inevitables sofocos hay que desproveerse previamente de la camisa. Por último, como las manos se te ponen negras es importante ver qué tocas antes de lavártelas.

La tarde transcurrió de manera memorable: conversamos de lo divino y de lo humano, escuchamos buena música y le pegamos al tema con extrema moderación. Aquella gota parecía inextinguible. A mí el humo me olía a aceituna. Según el Flores a cada persona le evoca algo distinto.

Luego nos fuimos a bailar (gracias a Dios hay garitos decentes donde ponen música setentera de muchísimos quilates) y a las 4 de la mañana dejé al Flores en su casa.

Es curioso que yo no sienta repulsa ante este tipo de droga tan tabú cuando soy un beligerante enemigo del tabaco. Pero es que me molesta tanto el humo y me parece tan gilipollesco estar enganchado a algo que no te coloca...

Por suerte, mis escarceos con la heroína son totalmente inofensivos, ya que mi riesgo de engancharme es cero. Aquel día hice eso porque estaba de Rodríguez, ahora vuelvo a mi rutina de dar biberones y disfrutar de mi bebé. Pasarán meses hasta que tenga otra oportunidad de probar el caballo y lo más seguro es que cuando vuelva a tener la ocasión no lo haga.

No me parece muy ético recomendar esta droga, pero sí diré que me parece muy hipócrita que la cocaína esté tan extendida y hasta bien vista mientras que la heroína se consideran palabras mayores o cosa de marginales.

La sensación que produce la heroína (al menos mezclada con base, que es como yo la he probado) es bastante placentera. Por un lado, tu cuerpo no se te acelera, sino que se relaja, pero a la vez tu mente vuela y aguantas despierto mucho tiempo. Luego duermes como un bendito y al día siguiente no tienes resaca.

Actualmente he enchufado al Flores en el almacén, para que tenga la oportunidad de trabajar en un sitio estable, aunque él y yo sabemos que el enchufe sólo sirve para entrar, no para mantenerse ni mucho menos para ascender.

En cuanto a mí, he descartado meterme nada por las tochas para el resto de mi vida, que en los próximos meses será de una abstinencia total de drogas, salvo el alcohol, que consumo con muchísima moderación (lo de ir ciego en moto fue un par de veces, no más).

Sed buenos, que la vida es muy bonita (y la paternidad ni te cuento).

viernes, 11 de julio de 2008

Demagogia de Federico y vino barato

Como el blog está alicaído y los temas que propongo encuentran una respuesta desigual (salvo en el caso de anónimo, que siempre está presto a descalificarme), me voy a tirar a la piscina una vez más, incluso quebrantando esa regla tácita de no crear dos entradas consecutivas.

(Lo de la respuesta desigual es evidente: si hablo de música nadie entra al trapo, si oso mentar a la PPK el debate es intenso y vibrante...)

Probaré suerte con dos temas, a ver si así por "H" o por "B" excito vuestras adormiladas mentes veraniegas.

La contraprogramación consiste en que un medio de comunicación fuertemente ideologizado recibe la filtración de un bombazo informativo que está a punto de publicar otro medio de signo contrario, tras lo cual el primer medio se adelanta y da antes esa misma noticia edulcorándola, maquillándola y justificándola. Con ello se pretende, y a veces se consigue, amortiguar el golpe de efecto esperado por el medio al que, a priori, el hallazgo beneficiaba.

Pues bien, dado que porrito no se anima a publicar esa entrada que anunció contra la COPE, aquí me tenéis tirando piedras contra mi propio tejado y denunciando la demagogia de FJL en dos asuntos de reciente y presente actualidad.

En primer lugar, su opinión vertida respecto a la sentencia de la Audiencia Nacional que considera que no es delito mantener el nombre de asesinos etarras en las calles de Euskadi. FJL ha dicho que es un disparate que no sea delito "ponerles" nombre de etarras a las calles. Y ahí falsea el contenido de la sentencia. "Ponerles" esos nombres sí es delito. Lo que dice la Audiencia que no es delito es "mantener" esos nombres.

En Derecho hay que hilar muy fino y la interpretación de las leyes punitivas ha de ser siempre restrictiva (esto es un principio general del Derecho). No es lo mismo dolo que negligencia. No es lo mismo "poner" que "no quitar". Si el legislativo entiende que hay que cambiar la ley, que la cambie (en el caso de leyes penales nunca pueden ser retroactivas), pero me parece bien que los jueces apliquen con meticuloso rigor las leyes y que las interpreten con la cabeza fría.

Hay muy pocos tipos delictivos por omisión (el único que se me ocurre es la omisión de socorro). La inmensa mayoría de los tipos delictivos contemplan la "acción" del delincuente. "No quitar" un nombre de una calle parece más bien un no acto que un acto. Cuestión distinta es si ha habido una votación en ese Ayuntamiento y la mayoría ha votado que no. Ahí si podríamos estar ante un caso "activo".

De cualquier modo, FJL ha hecho demagogia al dar a entender a su audiencia que ese Tribunal ha dicho que no es delito "poner" nombres de etarras a las calles. La Audiencia no ha dicho eso y él lo sabe.


El otro asunto, mucho menor, es su escándalo por que al Presidente del Gobierno le devuelva dinero Hacienda, habiendo llegado a decir que cómo es posible que con ese sueldo el Presidente no pague impuestos.

Todo el mundo sabe que los impuestos no sólo se pagan en la liquidación final del IRPF, sino que se van pagando mes a mes a través de las retenciones. Si la declaración te sale a devolver eso lo único que significa es que te han retenido más de lo que tienes que pagar, no que no pagues impuestos. Otro ejemplo de pura demagogia.

La pena es que muchísima gente ignorante que escuche la COPE estarán convencidos de que la Audiencia Nacional ha absuelto a quienes "pusieron" a las calles nombres de etarras y de que el Presidente del Gobierno no paga impuestos, con todo el morro.


En cuanto al vino barato, he descubierto un Chardonnay de la Ribera del Guadiana a 1,73 € la botella que, en mi modesta opinión, le moja la oreja al Milmanda de Torres de la Conca del Barberá, reputado como el mejor Chardonnay de España y cotizado a más de 30 leuros la botella. Obviamente no tengo ni puta idea de vinos. El magnífico Chardonnay a precio de tetra brik se llama "Valdequemao" y se puede comprar por cajas directamente a la Cooperativa San Isidro de Villafranca de los Barros.

viernes, 4 de julio de 2008

Pequeña colección musical

Hay un americano excéntrico que lleva 60 años comprando discos. Cuando su colección iba por la ridícula cifra de 160.000 discos, su mujer le dio a elegir entre la música y ella. El tío siguió coleccionando discos. Hoy tiene más de 3.000.000 de vinilos y 300.000 CDs. Como tiene 69 años, es diabético y se está quedando ciego, ha decidido venderle la colección a alguna institución que garantice su unidad y continuidad y así poderse dedicar él tranquilamente a pasar más tiempo con sus cinco nietos. Ya tiene una oferta de 28.500.000 $, pero él cree que su colección no vale menos de 50.000.000 $, así que hasta el 1 de marzo se puede pujar, pero, ojo, no le vale cualquier comprador y en el contrato de compraventa condicionará el uso y destino de la inmensa colección. De momento, la colección la tiene muy bien alojada en una instalación climatizada. Si alguien quisiera escuchar la colección completa, sin dormir ni repetir ningún disco, el esfuerzo le llevaría 57 años. Esto no está al alcance de nadie, ni de mi querido amigo "anónimo".

http://www.thegreatestmusiccollection.com/index.html

lunes, 16 de junio de 2008

Nueva aventura de los Titis


Ayer a las once de la noche Volti y su señora llegaron a casa reventados después de dos noches casi sin dormir y cuatrocientos cincuenta kilómetros del tirón. Ella entra al dormitorio, se desnuda y se mete en la ducha. Yo cruzo a casa de mis padres a dar un beso a mi sobrino. Vuelvo y la encuentro bajando las escaleras:
—Voy a la ducha, cariño —y subo a desvestirme. Me dirijo al dormitorio, bajo el pomo y la puerta no se abre:
—¡Tata! ¿tú has entrado al dormitorio?
—Sí, antes de ducharme.
—Pues la puerta está cerrada por dentro.
—¡No me digas eso! ¿A ver si había alguien cuando hemos llegado?
—¡No jodas! —exclamo asustado.
Salimos fuera y empezamos a inspeccionar. Todo parece correcto, ninguna puerta forzada, ningún cristal roto, pero empezamos a dudar:
—¿Tú cerraste la ventana del baño de abajo?
—No me acuerdo, pero está cerrada.
—¿Y si estaba abierta, han entrado y la han cerrado después?
—¡Joder, qué retorcido!
—¿Pusiste la alarma?
—No, seguro que no ¿no recuerdas la vez que nos tuvieron que llamar a las dos de la mañana porque no paraba de sonar y luego no era nada? Además no la hemos quitado al entrar, luego no estaba puesta.
—¡Ay, que hay alguien arriba!
—Seguro que cuando has entrado al dormitorio se ha escondido en el vestidor y al salirte se ha encerrado porque me ha oido abajo.
Nos miramos viendo que es posible:
—¡Pues yo subo!
—¿Estás loco? ¡llama a la policía!
Subo y empiezo a pelearme con la puerta, con más miedo que convicción.
—¡Baja, por favor!
Y bajo sin que tenga que insistirme.
—Mira, llamo a mi padre y mi hermano y entramos los tres.
—Vale.
Les explico el caso a voces y ahí tenéis a la familia de Volti en plan Equipo A, dispuestos a enfrentarse con el intruso.
—¡Anda ya! —dice mi padre— Será que se ha bloqueado el pestillo.
—¿Solo?
—A veces pasa.
Le enseño la condena de la puerta del baño, que es igual a la del dormitorio:
—Mira está separada del pomo, hay que darle media vuelta y entra un resbalón de dos centímetros de largo y el mismo grosor.
—¡Jooooder! —exclama ahora asustado.
Pienso en armarlos con palos o cuchillos, pero me parece que el pánico no ayudaría en esa situación, así que empiezo a golpear la puerta intentando que ceda. No cede. Enciendo la luz interior, pues disponemos de un interruptor fuera, y miro por debajo. No se ven sombras, aunque a mí me da la impresión de que cuando empujo alguien responde desde dentro con el mismo movimiento. No digo nada. Tata nos observa, desde el descanso de la escalera:
—¿Has apagado la luz? —me pregunta.
—No.
Me agacho de nuevo y veo que efectivamente la luz está apagada:
—¡Coñooo! -exclamo- ¡Han apagado desde dentro!
Con un acto reflejo nos despegamos de la puerta:
—¡Llama a la policía! —dice mi padre— Aunque seguro que no pasa nada —añade queriendo aparentar tranquilidad, pero el exagerado volumen de su primera frase lo contradice.
—¿Y si no pasa nada por qué gritas, teniéndonos tan cerca? Lo haces para que te oigan desde dentro ¿Y sin no pasa nada por qué tengo que llamar a la policía?
—Para que os quedéis tranquilos. Se habrá fundido la luz y punto.
—Papá, el interruptor enciende DOS apliques ¿los DOS se han fundido a la vez?
No hace falta decir más, salimos corriendo y cerramos la casa.
—¿Policía, dígame?
Les explico el caso, y al decir que creemos que hay alguien dentro un voz joven me responde:
—Huy, huy, huy, mejor llama a la Guardia Civil.
—¡No me jodas! —respondo nervioso— Ahora vais a marearme ¡que hay alguien dentro!
—Es que el Puente Tablas corresponde a la Guardia Civil. Lo siento, llame (ahora me trata de usted) al 062, suerte, pi, pi, pi —me cuelga.
—¿Guardia Civil, dígame?
Vuelvo a explicar, y al llegar al final añado:
—Y no me diga que llame a la Policía que ellos me han dicho que les llame a ustedes.
—No se preocupe, enviamos una patrulla, que ustedes nos pagan para que les sirvamos, y si no es nada pues mejor, se dan un paseo y todos tan contentos.
Mi padre y mi hermano se van:
—Seguro que tardan una hora.
Yo entro a por tabaco —Ten cuidado —me dice Tata. Cojo el paquete y ahora que nadie me ve deslizo un martillo al bolsillo. Vuelvo a cerrar y el Equipo A viene de vuelta (seguro que mi madre les echó buena bronca). Observo que mi hermano cambió las chanclas por deportivas. Por si hay que correr, pienso.
—Buenas noches —saludan desde el coche patrulla, no han tardado más de cinco minutos —¿Ya está todo solucionado? —pregunta el copiloto, un cincuentón atlético llamado Mario (por cierto han entrado a la calle por dirección prohibida, con urgencia pero sin ruido).
—Verá, es que no sabemos si realmente pasa algo, pero preferimos comprobarlo con ustedes, por si acaso —y vuelvo a explicarlo todo.
—Vamos a ver —se baja del coche y lo acompaña un treintañero gordete- ¿dónde está la habitación?
—Arriba.
—Subamos ¿tiene un clip?
Coño, este tío es Macgiver, pienso —Pues no, pero creo que le serviría de poco. El compañero se queda abajo, por si el hipotético ladrón decide saltar por la ventana. Tata me dice bajito:
—Yo no los veo preparados.
Mario hace un reconocimiento de la planta de arriba, y cuando le enseño la condena del baño y le digo que es igual a la del dormitorio, reacciona como mi padre:
—¡Jooooder! ¡Está dentro!
Baja y volvemos a cerrar la casa:
—Una escalera —solicita.
Sube a la ventana con su linterna, pero las cortinas no le dejan ver nada. Baja y me pregunta:
—¿Qué prefieres que rompamos la puerta o la ventana?
—La puerta, yo no duermo con la ventana rota.
—Vamos a hacer más daño, te lo advierto.
—Podemos llamar a los bomberos —dice el gordete— ellos tienen cerrajeros, pero te cobran el traslado. Llama al seguro a ver si lo cubre.
Llamo. Lo cubre si hay alguien dentro, si no pues va a ser que no. Yo ya estoy harto, así que les digo:
—Son las doce de la noche y estoy reventado, rompemos lo que haga falta, pero yo no llamo a nadie más.
—La ventana es mejor —dice Mario.
—Está muy alta —respondo— ¿y si te empujan?
—Pues nos liamos a palos —responde.
—Que no, por la puerta —decido convencido.
—Habla con ellos a ver si se entregan —interviene el gordete, usando el plural para mayor desazón.
Acompaño arriba al cincuentón atlético, mientras su compañero hace guardia en el jardín junto a mi familia.
—¡Le habla la Guardia Civil! ¡Salga ahora mismo! —exclama golpeando con fuerza la puerta— Si lo hace no le pasará nada.
Para, acerca la oreja a la puerta, y reanuda los golpes y la cantinela.
—¡Entréguese! —grita ya más nervioso.
—Vamos a echarla abajo —le digo exasperado.
El agente golpea con fuerza, pero cortándose, intentando no hacer mucho destrozo, así que lo aparto y me lío a patadas con la puerta, ya sin miramientos. No cede.
—Se mueve la pared entera —me dice.
—Es que es un tabique de pladur —le aclaro.
—Pues vas a tirarlo entero, ¡me cago en todo lo que se menea! Tráeme un destornillador.
Y ahí es donde el agente Mario, cincuentón y atlético, sacó al Macgiver que llevaba dentro. El tío desmonta la cerradura, gira, aprieta, empuja, retuerce, con una facilidad asombrosa, que pienso yo que con el clip hubiera podido, y sin un solo resuello, que le faltaba gritar: ¡Te vas a cagar quinqui de mierda! Y cede, la puerta cede con un triste 'clic' y yo esperando que saque la pistola y espose al malo. Pero no, don Mario (ahora de usted) entra tranquilo, como el gran Chuck Norris, dispuesto a enfrentarse al enemigo a puño desnudo, y...
Nada, nadie más bien. El pomo se había partido, pero el muelle funcionaba, de manera que aunque lo girases el resbalón quedaba dentro. Pero no creáis que se molestaron, al contrario, yo muerto de verguenza, y ellos: "habéis hecho muy bien, con estas cosas no hay que arriesgarse, estamos para servirles, para eso nos pagáis el sueldo, cualquier problemilla por pequeño que sea usáis el 062,..." Y encima los tíos empeñados en montar de nuevo el picaporte, en guardar la escalera,..., que creo yo que si llegan a llevar las botas embarradas encima nos friegan la casa.
Total que vivan las casualidades y los miedos que nos dan para una historia, y un ¡viva la guardia civil! que nunca pensé que pronunciaría, pero no va a ser todo despotricar porque nos ponen el globo. Cuando tienes miedo y llegan dos agentes 'poco preparados' en menos de cinco minutos y te resuelven la papeleta sin gastos ni destrozos hay que ser agradecido. Así que nos dormimos a las dos de la mañana, tranquilos, un poco avergonzados, y muertos de risa. Una lástima que mañana cuando me cruce con una patrulla vuelvan a darme el mismo mal rollo.

viernes, 6 de junio de 2008

Moteros al filo de lo imposible (I: el frío)

PINGÜINOS 2005

Creo, por el cansancio, que no estoy demasiado inspirado para narrar nuestras andanzas del fin de semana, pero la memoria flaqueará en breve y quizá un testimonio fresco mal narrado sea mejor que una prosa atinada pero rancia.

¡Vaya experiencia la de este fin de semana! El jueves, como aperitivo, nos zampamos 550 kms. hasta Madrid. Fue un error salir a las 13 en vez de a las 10, como teníamos previsto, pues la caída de la noche en los últimos kilómetros hizo los primeros estragos por baja temperatura en nuestro organismo. A sólo 30 Kms. de Madrid, aparentemente una mariconada, tuve que parar porque el frío de las manos (única parte del cuerpo en la que he pasado frío de verdad) era insoportable. Me calenté como pude (el tubo de escape es muy útil a estos efectos) y llegamos sin problema a la capital.

El viernes salimos a las 16 con rumbo a Valladolid (190 Kms. más). Optamos por tomar el Puerto de Guadarrama en vez del túnel de peaje, ya que hacía un sol la mar de bonito. Mereció la pena. La montaña estaba nevada y disfrutamos bajo el sol de un precioso paisaje alpino. Moderé la velocidad porque el suelo estaba blanco (no sé si era nieve o hielo, pero no perdí el control). Me adelantaron un par de super-sport a mucha más velocidad que yo (no sé si se la jugaban o conocían bien el terreno y sus condiciones).

Una vez superado el Puerto hay un tramo de paisaje tristón del que nos vimos privados súbitamente al cerrarse de sopetón una espesísima niebla a unos 60 Kms. de Valladolid. Ahí empezamos a pasar frío (lo del día anterior se nos antojaba ya anecdótico). Se nos hizo de noche en un pispás y creo que paré tres veces en esos 60 Kms. porque no me sentía las manos y no iba a poder frenar ni cambiar de marcha cuando fuera necesario.

La entrada en Valladolid fue triunfal: coincidimos cientos de motos, de todo tipo, y el ambiente era muy festivo por la alegría de la llegada y la complicidad de los moteros. Sentí una emoción muy grande. Tanto en ciudad como en mis salidas turísticas de fin de semana veo poquísimas motos (las scooters sabéis que para mí no son motos). Y es algo que no me explico y además me entristece: qué coño le pasa a la gente para que tengan que ir en coche al trabajo (un coche - una persona) chupándose atascos y problemas de aparcamiento y privándose del inmenso placer que produce volar sobre dos ruedas... En cambio, al entrar en Valladolid y ver tantas motos (con el factor añadido de la severa adversidad climatológica) viví un oasis motero: o el mundo había cambiado o yo estaba en otro mundo, pero en vez de "gilipollas a cuatro ruedas" lo que había era una invasión de "caballeros a dos ruedas" a lomos de sus jamelgos (¡y vaya jamelgos!).

Después de calentarnos en el hotel y deshacer las maletas nos dirigimos a Boecillo, donde tenía lugar la concentración. Nos inscribimos con los números 7054 y 7055. Después fuimos a la fiesta de Nochevieja y Año nuevo motero, con sus doce campanadas, sus piñones (en vez de uvas) y su cava a discreción. Qué cachondeo y qué buen ambiente. Conocimos a gente de Bilbao que también habían recorrido lo suyo para llegar hasta allí.

El sábado tuvimos un grado de máxima al sol a las 15 horas. Ya estábamos hechos al frío. Además, descubrimos que el frío no es sólo cuestión de temperatura. Hay otros muchos factores que influyen en la sensación térmica: velocidad, humedad, viento... pero el más importante es un factor desconocido para mí hasta entonces, el tiempo. Si estás calentito y te expones al frío de la moto durante un cuarto de hora es muy difícil que te congeles. Ahora bien, si estás media hora o más en condiciones extremas, olvídate de soportarlo sin bajarte de la burra.

Ese día disfrutamos de una comida y una cena en dos sitios cojonudos (aparte de exhibiciones de motos y de disfrutar viendo miles de motos chulísimas aparcadas por todas partes). Por la mañana, un asador tradicional, en una cueva, a base de lechazo y otros productos de la tierra. Por la noche, un restaurante de muy buen gusto y con un servicio excelente. El dueño se hizo amigo nuestro. Al cerrar el restaurante iba a coger su BMW y a tirar para Boecillo. Nos contó anécdotas de las primeras concentraciones (este año ha sido la edición 24 de Pingüinos) y pasamos un buen rato con él y con su novia (que fue la que nos atendió en la mesa). Tuvo gracia que quien nos ayudó a encontrar el restaurante fuera un motero de San José de la Rinconada, que iba en coche esa noche pero decía que había visto nuestra moto aparcada en el hotel al lado de la suya: una 1500. Yo pensaba que el tío estaba de guasa. De San José podía ser porque tenía acento sevillano, pero ¿qué hacía en coche? ¿y a qué moto se refería? porque una 1500 no debe de pasar desapercibida y yo no recordaba haber visto ninguna.

Al salir del restaurante el termómetro marcaba 3 grados bajo cero y la niebla era tan espesa que se nos escarcharon los cascos (y a mí los huevos, por fuera, claro). Pasamos de ir a la concentración teniendo en cuenta lo que nos esperaba al día siguiente (casi 600 Kms.).

El domingo fue un día larguísimo. Valladolid amaneció nevado (suerte que usamos el párking del hotel) y tuvimos que soportar hasta 4 bajo cero a plena luz del día. Entre Valladolid y Salamanca paramos cuatro o cinco veces porque el frío era insoportable. Íbamos muy bien equipados y no éramos los únicos en pasar frío: la carretera era un rosario de motoristas parados en el arcén intentando calentarse o simplemente hacer un paréntesis en la tortura de la conducción en esas condiciones. Encontramos una gasolinera en una carretera secundaria que se llenó de motoristas. M. me hizo algunas fotos con mi traje completamente blanco por la nieve que se me había adherido. De la pantalla del casco cayó una capa de hielo que cubría toda la pantalla. Los frenos y otras partes de la moto tenían gruesos bloques de hielo que quité a base de golpes.

Hasta Salamanca no desapareció la niebla. Tuve un semi-pique con una CBR y llegamos a Salamanca haciendo relevos a unos 130 por hora.

El resto del viaje lo hicimos al sol. Plasencia, Cáceres, Mérida... La Ruta de la Plata es una gozada por sus curvas y disfruté de lo lindo con los adelantamientos. Un Vectra se picó conmigo y tuve que ponerme a doscientos para dejarlo atrás. Ya no hacía frío. Entonces, en un adelantamiento me pilló la Guardia Civil rebasando por pocos metros una línea continua (había visibilidad de sobra). Me multaron y anduve tristón unos cuantos kilómetros (tampoco me duró mucho la pena).

Luego ocurrió algo curioso. Adelantamos a un grupo de cuatro o cinco Harleys. Iban todos de negro, con maletas de cuero llenas de tachuelas y los pies en alto más adelantados que las manos. Uno de ellos nos saludó. Yo no sabía quién era. Paramos en la gasolinera y ellos también pararon. ¡Era el tío de San José de la Rinconada! Su 1500 era una Suzuki Intruder, imitación de las otras Harleys, que sí eran auténticas. Me dieron un buchito de su petaca de Luis Felipe. Me supo a gloria. Dijeron que se habían pulido dos botellas durante el viaje. Nos invitaron a merendar y nos unimos a su pequeña caravana. La conducción en grupo es más divertida que en solitario. Estás pendiente de unos y otros y el camino se te hace más corto.

Al llegar a Sevilla estábamos destrozados, pero orgullosos del esfuerzo y felices por todas las cosas que habíamos hecho (omito mil anécdotas para no cansaros).

En cuanto a las motos, vi una custom que calzaba por trasera una 250 / 40 R18. ¡Qué monstruo! La gente no es tonta, y en vez de naked como yo lleva Touring (las BMW LT o las Honda) o Sport, todas con sus carenados y sus pantallas. Al llegar a casa investigué en internet sobre algunas de las motos que más me gustaron. La Suzuki 1500 de nuestro colega, aun siendo impresionante, tiene sólo 65 CV, así que perdí todo interés por ella. La mejor de las que vi, para mi gusto, es la CBR 1100 XX, una Touring-Sport con 164 CV y pinta de ser bastante cómoda para los viajes. ¿Quizá mi próxima moto?

Los que recibís este mensaje sois o habéis sido moteros o copilotos conmigo. No sé si tendréis la oportunidad de ir a Pingüinos alguna vez, pero, aunque sea masoquista por mi parte repetir, es algo que pienso volver a hacer y que os recomiendo totalmente.

Un caluroso abrazo